lunes, 3 de febrero de 2014

Cientosiete. (Brujería de mujer, que hoy ya tocaba alguna crítica)

Hoy, que estoy más sensible que nunca, por éso de que sí, realmente las hormonas nos afectan con la regla (a algunas al menos) y hacen que a menudo los ciclos de sensibilidad nos coincidan con los del dolor, he decidido escribir sobre un tema que lleva un par de semanas rondando mi cabeza.

Últimamente veo muchas películas de Disney. Sí, una especie de vuelta a la infancia si se quiere mirar así. No sé mucho de psicoanálisis así que no sé si el hecho de verlas es relevante. El tema es que lo hago. Y me he dado cuenta de cuán horribles son los estándares de la sociedad.

(Miento, me doy cuenta cada día cuando salgo a la calle, hablo con la gente, o voy al instituto...)

¿De verdad queremos que nuestras niñas sean unas princesitas?

Adoro las películas de Disney, y me lo paso bomba viéndolas, pero me aterra ver los roles que toman las mujeres y los hombres en ellas.

¿De verdad queremos un principe rubio y tonto para que nos quiera toda la vida?

(Bueno, en Tiana y el Sapo, como la princesa es negra, el príncipe es negro, obviamente.)


Hay una escena en La Princesa Cisne (mi película favorita de Disney de todos los tiempos, y a la que por desgracia tenía un poc olvidada hasta hace poco) en la que el príncipe, un flipado de ojos azules del que se me olvida siempre el nombre, le dice a Odette que se case con él porque es la “mujer más hermosa que jamás ha visto” o algo así. Y Odette le pregunta, “¿y que más?” … y ante el silencio del príncipe lo deja plantado y no se casa. Y ahí es donde yo pienso OLE SUS OVARIOS, mientras que probablemente cuando era una cría me ponía triste la idea de que se mandase a la mierda la boda.




Siendo sincera, es verdad que el flipado de ojos azules (Derek, creo) era un buenazo y la quería de verdad, y mataba al dragón al final y todo éso, pero, enserio, ése momento en el que ella lo deja plantado es el momento más maravilloso de toda la película.

Yo, cuando la tenga, si la tengo, no quiero una hija que espere toda su vida al príncipe azul. Que para eso ya lo sufro yo, las consecuencias de Disney. Porque, como le decía el otro día a mi amiga más feminista (si es que hay grados en éso) yo soy de esas tontas romanticonas a las que les gusta el amor romántico. Y ella, con una ternura con la que sólo alguien con útero puede tratarte, me explicaba que éso es tan machista como cualquier otra cosa, pero que sin embargo era imposible empezar a cambiar por ahí, como bien dijo “eso sería empezar la casa por el tejado”.

Me gusta el amor romántico, pero es cierto que tiene algo de enfermizo en cuanto a los celos o a la pareja cerrada. Yo no podría tener una “pareja abierta”, sinceramente, porque yo no estaría con más de una persona si estoy enamorada, no me sale. Pero, es evidente que éso no dejan de ser estándares sociales que se nos han inculcado desde pequeños. “Al patriarcado no le sirve que tengas un amor fuera de lo convencional”. Y también es aterrador comprobar cómo de dentro se nos han metido las pollas que deciden, con perdón, o sin él. Da igual. Es aterrador y apasionante entrar en el mundo del feminismo, y leer y leer, y escuchar, y aprender, y observar, y pensar. Apasionante porque cuanto más conoces más quieres. Aterrador, porque te das cuenta de que el enemigo está en ti.
Y es tan complicado cambiar las maneras de hablar. Dejar de usar “puta” o “zorra” como despectivo. Es tan complicado no ver a una gilipollas en vez de a una vividora. Qué se yo.

Desde luego, no somos las princesitas de Disney. No somos unas señoritingas. Aunque tengamos posos de purpurina en nuestro estómago. Y sea como sea, avanzaremos, lucharemos y mejoraremos.

Como dice mi gran amiga María Juárez en su texto (http://arenasmovedizas-els.blogspot.com.es/2014/02/revolucion-en-mi-por-maria-juarez_3.html)  nadie habla nunca de lo duro que es el proceso. Pero hay algo que nos mueve, hay algo que nos ayuda a seguir en él, y es que, a pesar del sufrimiento, éste camino a la emancipación nos ayuda a ver lo fuertes que somos y que podemos ser en realidad.

Por mi, y por todas mis compañeras. Reiros con las películas de Disney si os gustan, pero no os convirtais en sus princesas, ni busquéis a ésos príncipes gilipollas que no saben hacer la O con un canuto. Que lo que nos vende el romanticimo clásico no son hombres, son machos, y los machos son mierda. Que vivan los hombres que abren la mente y el corazón y que nos sienten.
Y que vivamos las mujeres. Que vivamos las que lo somos y queremos serlo. Las mujeres responsables cambiarán el mundo. La Revolución es un ciclo, y cada día, semana, mes y año somos un ciclo en nosotras mismas.

¡Que vivan las Brujas!




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