domingo, 9 de febrero de 2014

Cientodieciseis.

Hay días en los que odio la ropa.
(Mentira, la odio siempre.)

Son días en los que me miro al espejo y me veo más bonita desnuda,
O en toalla,
O albornoz incluso.
Recién salida de la ducha,
Con gotitas haciendo de collar en mi cuello.

Son días que me gustaría pasar así,
Desnuda,
Tirada en la cama
Y empezando un libro nuevo.

Días de los de ver cómo llueve en la calle,
Desde la cama,
Sintiendo en cada milímetro de piel cada hilo de las mantas.
Días de felicidad y calor absolutos.

Son días de esos en los que me gusta el té,
Con mucho azúcar,
Días dulces.

Pero el deber llama y hay que vestirse,
No un deber obligado, un deber querido,
Y eso es lo peor.
¿Cómo se hace para dejar de lado las acciones a las que te empujan tus ideas?

Callen, mejor no saberlo.
Si lo supiera correría el riesgo de dejar de ser ésa clase de mujer roja, feminista, animalista, (y todo lo demás) que vive en un sueño constante y se desencanta a los cuarenta, o igual a los cincuenta.
Aunque con suerte dure hasta los sesenta, y me convierta en una de esas adorables viejitas nudistas que se pasan la vejez en una playa tumbadas al sol.
Sin ropa pero con libros.
(Por supuesto).

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