Una vez leí un pequeño cuento que me encantó. No recuerdo si el autor era conocido o no, yo nunca recuerdo esas cosas, soy un poco desastre. Pero recuerdo el cuento, y, por alguna razón hoy me he acordado de él.
"Él les dijo:
-Acérquense al borde del precipicio.
Y ellos dijeron:
-Nos podemos caer.
Él insistió:
-Acérquense.
Se acercaron. Él les empujó. Y volaron."
Sé que en la vida vienen y vendrán muchos precipicios, y sé que mi yo metódica me atará con mil cuerdas para que no me acerque. No es que no quiera intentarlo, no es que no quiera volar, lo quiero con unas ganas terribles, lo quiero con locura, pero soy incapaz.
Es como si me hiciera falta un cuchillo para cortar todas las cuerdas de mi yo metódica, porque cuando tiro de ellas me ahogan, y al final es casi peor.
Se me hace raro ser importante para alguien, porque al fin y al cabo, bajo ésta apariencia de tranquilidad y seguridad, me siento más chiquitita que una hormiga. Me siento pequeña en un mundo grande, y me ahogo, siento agorafobia, y necesito encerrarme y que no me mire nadie.
Tengo un texto antiguo que nunca publiqué que habla de las dos caras de una moneda. La mejor manera de esconder los miedos es inventando una vida y una seguridad.
Una coraza, un castillo de naipes, o qué se yo.
El problema es cuando la coraza se resquebraja, o cuando alguien llama a la puerta de tu castillo de naipes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario