lunes, 3 de febrero de 2014

Cientoseis.

Él caminaba las noches como quien recorre las calles hasta la casa de su madre.

Él caminaba las noches, y desgastaba asfalto y aceras sin compasión, sin siquiera prestar atención a los pasos que les robaba.

Él caminaba las noches y miraba a los ojos de las estatuas.
Besaba los pies de las estrellas.
Miraba con ternura a las farolas.
Y a veces, sólo a veces, se encendía un cigarrillo. (A alguien no le gustaba que fumara.)

Él caminaba las noches para airear las ideas,
para pasear a sus demonios, como quien saca al perro,
o quizás sólo para sentir que aún formaba parte de esa ciudad que se le empezaba a hacer grande.

Él caminaba las noches con los pensamientos llenos de canas
y los músculos cansados de no ser aún viejos. (A veces vivir es tan pesado.)

Él caminaba las noches porque no tenía camas para caminar.
O quizás lo hacía porque tenía demasiadas camas esperando en su agenda. Quien sabe.

Él caminaba las noches, y en algún lugar alejado, ella querría ser él durante esos instantes en que sus pasos le hacían el amor a las calles de la ciudad deseada y repudiada, un poco de las dos, un poco por los dos.




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