lunes, 3 de febrero de 2014

Cientonueve. (Qué número más feo)

Odio partirme el labio sin razón aparente.
Casi preferiría que estuviese partido por una hostia que tu me metieras.
(Aunque cada día de ausencia huele a bofetada)

Odio que no esté partido por un beso.
O incluso por los gritos.

Hasta lo peor es mejor que nada.

Hasta el dolor es mejor.

A veces el dolor nos hace sentir vivos.
Prefiero sentirme viva después de ti que no sentirme nada.
¿Dónde estás?
¿Dónde paras?
¿Por dónde paseas los días tediosos?

Supongo que no eres como imagino,
(sé que eres mejor),
supongo que todo aparece cuando lo dejamos de buscar.

Espero que si apareces sea de verdad.

Señales, a saber qué es eso.
Los signos que te dejo para ver si llegas.
Miguitas de pan.

Pero parece que seas celíaco.

¿Y ahora qué?

A veces tengo miedo de todo lo  que tengo dentro.
Tengo miedo de mi mundo.
Me gustaría contártelo todo, en una noche de esas de charlas interminables.
(Aunque sigo pensando que te dormirías a la mitad, o antes).

No puedo pedirte mucho.
No suelo hacerlo.

Antes que nada me gustaría saber si estás bien.
Últimamente éso es lo más importante de mis días,
saber que estás bien.

Después quisiera saber qué te apasiona.
Me gusta la gente apasionada, son los únicos que lo dan todo de verdad.
Yo soy apasionada.
Te lo daría todo (y no sabes cuánto me aterra éso).

Que me grites al oído como lo hace Andrés Suárez.
No quiero susurros.
Quiero tu alma (te daré la mía para que no te sientas vacío).

Quiero mar.
Quiero ciudad.
Quiero campo.
Quiero paseos.

No quiero poesía,
yo de éso no sé.

No sé que (te) quiero.




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