lunes, 24 de febrero de 2014
CUMPLEAÑOS FEEEELIZ!!!
Que si te vuelvo a decir lo mucho que te quiero luego todo el mundo se piensa que somos pareja, y no se dan cuenta de que va mucho más allá. Que simplemente somos. Tú eres tú y yo, que intento ser yo, nos apoyamos y complementamos, y eso es lo que nos hace fuertes.
Gracias por luchar la vida como la luchas mi niña, porque dan ganas de vivir si se te escucha pensar, porque gracias a lo que sea, (gracias a ti, directamente), eres de las pocas personas del mundo que dicen lo que piensan y hacen lo que dicen.
Como dijo Néstor el otro día, una SUPER MUJER. Éso eres tú, una super mujer. Una feminazi de esas que me gustan a mí. Y muchos tenemos la suerte de poder disfrutar de ti todos los días, todos los fines de semana, porque empaparse de tus opiniones, de tus palabras y de tu risa es la mejor medicina.
(Gracias por curarme tan a menudo, que ya sabes que soy una pupas).
En fin nena, ¿qué decir? ¿qué decir que ya no sepas? Que Candem nunca será lo mismo, aunque pueda volver algún día, que Londres sin ti nunca tendrá sentido. Que lo mejor de Italia va a ser ir contigo. Que me encantas, así, entera, chiquitica pero matona. Que el día a día será una mierda, pero merece la pena por verte con ojeras y diciendo lo gilipollas que es todo el mundo.
Que te quiero chiquilla, ya lo sabes, mi punky favorita. Que allá a donde vaya siempre tendrás una casa, y que vamos a celebrar éste cumple de verdad.
En un principio iba a escribir ésto para hacerle ver al mundo lo genial que eres, pero prefiero reservarlo para mi y para todos los que ya te tenemos, que por ahí luego todos quieren ser tus amigos y te roban (cara de loca paranoica) Hahahhahahah, no, mentira, es que prefería escribirte directamente, pero así, público todo, que da como más morbo.
¡Felicidades pues!
¡Te quiero punkarra!
(Y sí, así te imagino leyendo ésto.)
domingo, 23 de febrero de 2014
Cientoveintitres.
Al fin y al cabo, también somos los cuerpos en los que portamos nuestras almas, sentimientos, emociones, pensamientos, ideas, y por supuesto actos.
Hoy me he dado cuenta de lo feliz que me hace verme bonita en un espejo.
Verme bonita más allá de no cumplir con los típicos estándares, más allá de tener estrías en el pecho, de tener puntos negros en la nariz, de no llevar nada de maquillaje, o de tener un pelo terrible que se enreda siempre en cero coma.
¡Qué feliz me hace verme bonita y dejar de pensar en los kilos que se supone que me sobran!
Parece tan evidente, "haz lo que quieras", si quieres ponerte faldas cortas, póntelas, si quieres llevar escote, hazlo. Pero sin embargo, hay algo que nos para. Por ejemplo, (y ya que hoy hablo tan directamente de mi pongo un ejemplo mío;) me encantan los pantalones cortos. Sí, me parecen cómodos, bonitos, agradables, ..., y sin embargo no me pongo nunca pantalones cortos, porque tengo los muslos y el culo gordo. O éso me han dicho siempre. Y no, no hablo de la gente en general, hablo de mi propia familia. Sí, una va a comprar con su madre y con su abuela, encuentra ropa que le gusta, y le dicen "no compres cosas con tantos colores" "las rayas te hacen gorda" o "el negro estiliza". (No quiero atacar a mi madre ni a mi abuela, obviamente, pero es algo que me pasa constantemente). Y, sinceramente, me parece horrible, porque con muchas de las cosas descartadas por ellas, yo me veía bonita.
No soy idiota, no me autoengaño, sé cuando algo me queda mal, pero también sé cuando me veo linda y me gustaría poder disfrutarme con minifalda igual que me disfruto en pijama.
Y como hacen las familias hace la televisión, la sociedad en general, que te educa para tener un cuerpo altamente sexual pero luego te condena a no usarlo.
Hoy por hoy, la mayor parte de mujeres tienen algo que reprocharse, o los michelines del vientre, o el pequeño tamaño de sus pechos, o los labios grandes de su coño, o las arrugas de su cara... y digo yo, ¿por qué nos cuesta tanto dejar de sentirnos mal con nosotras mismas? ¿Por qué de 365 días nos sentimos bonitas sólo 60, o así? ¿Por qué nos cuesta tanto sonreirnos en el espejo, o bailar desnudas frente a él y pensar, "si me vieran, más de uno se me enamoraba"? ¿Por qué dejamos de bailar si baila a nuestro lado una chica más delgada y que se mueve mejor?
Cómo no, los dualismos nos pueblan, todas sabemos que tenemos que querernos como somos, que tenemos razones para hacerlo. ¡Coño, somos bonitas tal como somos! Pero aún así la mayor parte del tiempo nos cuesta la vida hacerlo.
Hoy me acuerdo de una chica estadounidense que subió a internet una foto suya en sujetador, con todos los kilos que dicen que le sobraban, y escribió una nota diciendo que su cuerpo era de ella y que a quien no le guste, que no mire.
¿Cuántas seríamos capaces ahora mismo de hacer lo mismo que hizo ella?
Hoy, lo único que me apetece es mirarme en el espejo y disfrutar de lo mucho que me atraigo, de lo mucho que me estoy queriendo, porque por desgracia, sé que mañana ya no sentiré lo mismo.
viernes, 21 de febrero de 2014
Cientoveintidos.
Que fea frase, ¿no?
No me convence, y sin embargo, qué razón tiene.
Todos perdemos por amor.
Todos vivimos por amor,
y al final perder en la vida es morir.
Hay algo que no me gusta para nada,
¿qué tiene de malo perder el tiempo?
Soy de ésas creyentes de que, aunque nos vendan lo contrario, tenemos mucho tiempo en la vida para hacer todo lo que deseamos y también lo que no. Siempre hay tiempo para experimentar, para sonreír, para llorar.
A veces uno piensa en la lista de cosas por hacer y dice "no llego ni de coña", pero, seamos realistas, sí que llegamos, llegamos si no nos dejamos llevar por lo que siempre nos susurrará la sociedad y lo preestablecido.
Da tiempo a hacer lo que queremos, da tiempo a viajar, a estudiar, a conocer, a follar, a amar, a tener hijos, a ver paisajes, a mirar la luna llena... da tiempo.
Al fin y al cabo vivimos una media de ochenta años, bueno, quizás unos pocos menos.
Pero pensándolo bien son 365 días por año.
No llegamos cuando nos ponemos a hacer lo que nos mandan.
No llegamos cuando tenemos fechas marcadas.
Exámenes, citas, tiempos de entrega... Pero, si acomodamos nuestras necesidades al tiempo y a la vida da tiempo a todo.
Por éso yo hoy propongo adaptar nuestras necesidades al tiempo. Que si necesitamos dormir toda la tarde no nos sintamos culpables y no pensemos "he perdido la tarde, podría haber hecho tantas cosas..." Que si necesitamos salir a emborracharnos un martes, lo hagamos, ¿por qué no? ... Que si necesitamos saltarnos mil clases, o simplemente preferimos pasar una mañana al sol antes que entre cuatro paredes, lo hagamos.
Yo propongo hacer el tiempo nuestro, fuera de estándares.
Y si uno estudia con 22 en vez de con 19, bienvenido sea.
Y si una es madre con 17, pues que lo disfrute.
"La edad física no es la mental".
Y el tiempo, digan lo que digan, no está preestablecido.
Puede que nos quede poco, pero también puede quedarnos mucho.
Estresarse es cosa de hombres tontos y modernos, volvamos al taparrabos y a las selvas, los árboles nos quieren más y mejor que cualquier rejoj.
jueves, 20 de febrero de 2014
Cientoveintiuno.
Vértigo.
Cómo cambian las cosas a 365 km.
Y aún así que poco mejoran,
(de cualquiera de los lados).
Que sí, que huir está muy feo,
pero, y
¿qué se le hace si uno cae en picado (o en pecado) de ambos lados de la razón?
¿qué se le hace si sentir no es suficiente?
¿qué se le hace si ya no sirve ni la experiencia?
Obviamente, lo que se le hace es huir.
Puto dinero, cuanta más falta hace menos aparece (que ironía, en eso es como el amor).
Y así estamos y estaremos, mis dos lados de la razón, y yo, dependiendo de una planta hasta que podamos ir a respirar a otro lado, alejado de éste "nuestro" mundo.
domingo, 16 de febrero de 2014
Cientoveinte.
Dualismos y energías.
Cuántas cosas maravillosamente extrañas nos rodean. Es posible que la mayoría no tengan explicación racional, es posible que algunas energías sólo se sientan en determinadas circunstancias.
Dualismos, como los de Platón, alma-cuerpo. Igual no es tan loco pensar en dos mundos que pueden llegar a estar separados, mas allá de verdades o mentiras, no hay verdades absolutas, y si las hay necesitan tiempo para crearse.
Es bonito, aunque extraño, darse cuenta que algo fuerte en la mente puede resultar normal en el campo físico y común, es como si se dejara aparte, entiendo que la magia es demasiado buena como para mezclarla con la rutina.
Alarmante como la mente y las sensaciones pueden atacar al cuerpo. La mente es más fuerte de lo que creemos, eso es evidente.
Es terrible sentir que pierdes el control de tu cuerpo porque dejas de controlar tu mente. Dejarse llevar por los miedos, por el maldito "¿y si...?" ... es la perdición.
Encontrar belleza en el caos, quizás sea la única manera de encontrar sentido a la vida. El poder controlar el mundo de las ideas, sentimientos, sensaciones, (llamenlo como quieran), para llevarlo al campo material, el llevar magia a la rutina haciendo que ésta deje de ser tediosa.
Es difícil luchar contra la mente.
Es difícil luchar contra el "¿y si...?" y simplemente decidir que "sí".
Es difícil luchar contra el caos, o aprender a dominarlo, es jodido, desde luego,
pero, quizás, y sólo quizás, sea posible llegar así a la felicidad.
Luchemos por dominar la magia, por disfrutarla sin miedo, para poderla llevar a la vida.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Cientodiecinueve. (Luna llena, nuevo ciclo.)
Olfato.
1. Para poder identificarlos primero hay que respirar MUY fuerte.
2. Vivir es fácil con los ojos cerrados.
3. Sólo la luz de los ojos será verdadera si hace que se iluminen los tuyos.
4. Nunca escuches al viento.
5. Los hombres son buenos por naturaleza, pero también unos hijos de puta.
6. La edad mental no es la edad física.
7. Una gran decepción no merece rendición.
8. Uno más uno son dos.
9. Lo raro, si raro, dos veces raro.
10. Ninguna de las anteriores son ciertas... se trata de sentir.
Solo se trata de sentir.
Hoy reniego de entornos.
Que me tiro (si me dejas),
Y luego ya vemos como se hace eso de no dar explicaciones.
Hoy me quedo con el ocho,
Hoy y siempre me quedo contigo.
Y punto.
Que no quiero seguir esperando,
No habiéndote encontrado.
Que no quiero palabras necias,
No si no salen de tus labios,
Seguidas de alguna sonrisa, como diciendo, "a ver si se pica".
Que no quiero nada,
Ni todo,
Ni siquiera un poco.
Porque es Madrid,
Es el feminismo,
El machismo.
Es la izquierda,
La derecha.
Es el Guernica, el cine, o el fútbol.
Es que da igual.
Es el Retiro, sobre todo el retiro,
Es que sólo contigo los patos pueden cantarme cumpleaños feliz.
Es un suicidio mental,
Sentimental,
Es paracaidismo sin paracaídas.
Porque si me empujas tu,
Es volar.
(Que, hoy por hoy, o es contigo, o es sin mi. Así están las cosas.)
Cientodieciocho.
Mira a ésos ojos, que ahora están más claros.
Nena, sé fuerte. Confía. Las cosas irán bien.
A unos días de cumplir diecinueve (vaya número feo) parece mentira que haciendo recuento del último año lo mejor se concentre en los últimos meses.
Pasan las horas y creo que se me va un poco la cabeza. Odio el número diecinueve, pero en realidad estoy deseando cumplirlos ya.
He descubierto y empezado muchas cosas éste año.
He aprendido que no estoy sola, no del todo al menos, y éso es bueno.
He aprendido que la lucha no es un sueño, es un hecho.
He descubierto mundos inmensos y maravillosos.
Y ahora, en fin, estoy en proceso de aprender que lo que tenga que ser será, que las cosas pasan por algo, que nada está desatado en el destino, que puede que exista un destino de verdad, por más que podamos cambiarlo de alguna manera siempre. Ahora me toca aprender a confiar, a ver si soy capaz, en las personas que me rodean y que sé que me quieren a bien.
¿Cosas nuevas?
Bueno, me llevo una familia recuperada. Muchos nuevos libros leídos. Grandes grupos y cantantes descubiertos y redescubiertos. Una ciudad preciosa que siempre ha estado ahí y que ahora me espera realmente con los brazos abiertos. Un grupo de personas luchadoras en un pueblo que yo creía apagado.
Me llevo unos primos maravillosos, que ya no son sólo primos, ahora son amigos, e incluso mejores amigos.
Me llevo una hinchazón de pecho cada vez que ésos primos cuentan las cosas buenas que les pasan.
Me llevo, o más bien mantengo, pero multiplicada por mil, la amistad con una punky y un locuelo a los que adoro como a nadie. (Mi anarca y mi sonrisa, os adoro, éste año me tatuo nuestra fórmula, ya lo sabéis).
Me llevo algún que otro viaje.
Éste año... he aprendido que se puede hacer mucho más de lo que se hace. He conseguido mi ansiado tatuaje, "si quieres cambio verdadero, camina distinto", por fin puedo decir que no como animales (¡en marzo hago un año!), y estoy en una lucha constante salvando perros, que puede sonar a tontería dado que mucha gente lo hace, pero a mi me llena el alma.
De todo lo nuevo, lo mejor :
Los días en Madrid con mi primo Jorge, tras haberle recuperado.
La Navidad con mi familia, Kleff y Paco.
Estar en clase con mi mejor amiga.
El feminismo y la lucha de María Juárez.
El orgullo que siento cuando mi primo Borja se mueve y hace cosas nuevas.
Mi querida Pandora, que por fin está fuera de ése sitio horrible y duerme calentita cada noche.
El carnaval con Ana Verde, Nika y Chechu.
El día de playa con los compañeros de clase en verano.
Haber tenido unos días en mi pueblo a Aitor y Joao.
Mis compañeras de ANIMAEX.
Y también a una perla, un amarillo, o un alma gemela, o algo así, cada uno que lo llame como quiera.
Es curioso como al hacer recuento sólo me acuerdo de las cosas buenas, o quizás sólo quiero acordarme de las buenas, en fin, quien sabe.
El viernes más y mejor, que ya tengo una parte preparada.
¡Feliz San Valentín queridos, quereos sin dejaros el sueldo, que estamos en crisis, ya sabéis!
Cientodiecisiete.
"Él les dijo:
-Acérquense al borde del precipicio.
Y ellos dijeron:
-Nos podemos caer.
Él insistió:
-Acérquense.
Se acercaron. Él les empujó. Y volaron."
Sé que en la vida vienen y vendrán muchos precipicios, y sé que mi yo metódica me atará con mil cuerdas para que no me acerque. No es que no quiera intentarlo, no es que no quiera volar, lo quiero con unas ganas terribles, lo quiero con locura, pero soy incapaz.
Es como si me hiciera falta un cuchillo para cortar todas las cuerdas de mi yo metódica, porque cuando tiro de ellas me ahogan, y al final es casi peor.
Se me hace raro ser importante para alguien, porque al fin y al cabo, bajo ésta apariencia de tranquilidad y seguridad, me siento más chiquitita que una hormiga. Me siento pequeña en un mundo grande, y me ahogo, siento agorafobia, y necesito encerrarme y que no me mire nadie.
Tengo un texto antiguo que nunca publiqué que habla de las dos caras de una moneda. La mejor manera de esconder los miedos es inventando una vida y una seguridad.
Una coraza, un castillo de naipes, o qué se yo.
El problema es cuando la coraza se resquebraja, o cuando alguien llama a la puerta de tu castillo de naipes.
domingo, 9 de febrero de 2014
Cientodieciseis.
Hay días en los que odio la ropa.
(Mentira, la odio siempre.)
Son días en los que me miro al espejo y me veo más bonita desnuda,
O en toalla,
O albornoz incluso.
Recién salida de la ducha,
Con gotitas haciendo de collar en mi cuello.
Son días que me gustaría pasar así,
Desnuda,
Tirada en la cama
Y empezando un libro nuevo.
Días de los de ver cómo llueve en la calle,
Desde la cama,
Sintiendo en cada milímetro de piel cada hilo de las mantas.
Días de felicidad y calor absolutos.
Son días de esos en los que me gusta el té,
Con mucho azúcar,
Días dulces.
Pero el deber llama y hay que vestirse,
No un deber obligado, un deber querido,
Y eso es lo peor.
¿Cómo se hace para dejar de lado las acciones a las que te empujan tus ideas?
Callen, mejor no saberlo.
Si lo supiera correría el riesgo de dejar de ser ésa clase de mujer roja, feminista, animalista, (y todo lo demás) que vive en un sueño constante y se desencanta a los cuarenta, o igual a los cincuenta.
Aunque con suerte dure hasta los sesenta, y me convierta en una de esas adorables viejitas nudistas que se pasan la vejez en una playa tumbadas al sol.
Sin ropa pero con libros.
(Por supuesto).
sábado, 8 de febrero de 2014
Cientoquince. (ODIO LOS NÚMEROS IMPARES)
Que se llaman ganas.
(Que se llama miedo.)
mein herz geht auf
wenn du lachst
A veces tiene que pasar.
A veces llega el momento de tirarse,
así,
a lo loco.
Será que sólo nos retrasamos por lo que nos retrasan las fuerzas
(o la falta de ellas.)
Será que a veces necesitamos un empuje externo.
Puede que la única manera de vencer a ésos miedos
sea teniendo un buen impulso para hacerlo.
y que cuando estamos a solas
molesta el caparazón
Es complicado deshacer los nudos que nos crean contracturas en la espalda.
(Así que imagina tener que deshacer los que tienes en el estómago.)
Puede que las ganas venzan ésta vez a los miedos.
Capaz.
(¿o incapaz?)
Sólo hay que mentalizarse.
O igual no. Puta razón.
Puta razón y puta mente que nos carcomen el alma.
(Recuerda, sentir, sentir es más fuerte.)
Hoy me pregunto, en éste miedo a tirarme,
así,
a lo loco...
¿cuántas cosas secretas nos caben en una canción?
(no debería escribir éstas cosas)
Cientocatorce. (una directa)
Hay veces que pasamos años conviviendo en muchas ocasiones con personas a las que creemos conocer, pero de las que realmente sabemos tanto como para, como mucho, rellenar una cuartilla como lista de cualidades. Pero con letra grande.
El tiempo lo pone todo en su sitio. Y lo mejor no es redescubrir a algunas personas que aunque siempre han estado ahí nunca han significado tanto como lo hacen ahora.
Cuando quieres el corazón se te hace más grande, desde luego, y en los últimos meses mi corazón está creciendo por momentos. Una de las personas que lo están haciendo crecer es un primo al que veía al menos una vez al mes y con el que cruzaba unas 20 palabras por año, como mucho. De repente está ahí, pero de verdad, y me doy cuenta de qué humano es. De sus miedos, sus ganas, sus ilusiones... aunque de ilusiones siempre lo he visto un poco escaso. Nunca creí que su sufrimiento pudiera hacerme tanto daño. Nunca creí que iba a sentir ésa necesidad de ayudarlo a lograr sus metas. Y aquí estoy, escribiéndole una entrada cursi en el blog, para decirle que me encanta verle sonreír, o más bien escribirle, porque a mi no me gusta decir cosas cursis en voz alta.
Quería decirte, querido primo, que me apasiona verte ilusionado otra vez. De golpe, con la asociación, te veo con ganas. Ganas de aprender, de crecer, de descubrir, de moverte. Sabes que me hincha de orgullo saber que tiras para la izquierda, pero lo que me hace feliz de verdad es ver cómo te chispean los ojos.
No te rindas. No lo hagas, no dejes nunca de luchar. No luches por causas en las que no crees. Luchar conlleva amor, no lo olvides, ama cada cosa que hagas en tu vida, y muévete por hacer las cosas que amas, siempre. No lo "dejes estar", no te conformes, el mundo necesita corazones como el tuyo.
Gracias por ayudarme a recuperar a una familia maravillosa a la que tenía escondida en alguna parte de mi corazón.
Gracias por enseñarme que nunca es tarde para querer.
Eres grande Borji, lo eres de verdad.
viernes, 7 de febrero de 2014
Cientotrece.
Es curioso como, de golpe y porrazo, pueden cambiar las emociones.
Y sin embargo surge el concepto curioso de ser uno mismo sólo con quien se quiere serlo.
Uno siente con quien quiere ser uno mismo. (O eso parece)
Uno siente si el otro lo está siendo también. (O eso espero)
Aveces sentimos tantas cosas a la vez que nos devastamos por dentro.
Es como tener el desierto del Gobi entre los pulmones y las costillas.
Como en La espuma de los días, que a ella le crece un nenúfar en el pecho.
Supongo que debe ser que a cada uno se nos inunda la anatomía con un tipo diferente de objeto que nos consume por dentro.
Al fin y al cabo la mente es tan potente que hace que nuestros cuerpos reflejen lo que piensa.
Qué potente, y qué estúpida la mente.
Tanta razón, tanta filosofía, ¿para qué? Si luego nunca se la consigue convencer de nada.
Puedes estar segura de algo. Puedes decidir poner la mano en el fuego o dejarte llevar.
Seguro que la mente te dice que haces mal, y se agarra a todas las pruebas lógicas y principalmente verídicas que tiene alrededor.
La mente tonta, llena de sociedad, de personas.
Tanta razón... ¿para qué?
Ay, que nos lleva el calor del desierto. (Y sus noches congeladas)
Que se nos hielan los pies (y no nos dejan pensar.)
¡Coño! ¡Que se nos hielen!
Que se nos hielen los pies y el cerebro, y nos dejen sentir tranquilos.
Cientodoce.
Blanco. Como la nieve.
Ése blanco enfermizo que a nadie le gusta.
Blanco de hospital.
Blanco de piel.
Lienzo en blanco.
Todo vale.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Ciento-once (hoy una de magia).
¿Existe acaso?
Debe existir porque soy de las que la siente.
Sí, la magia se siente.
Nada de trucos.
Nada de cartas.
Nada de pobres conejos, que corresponden al campo y no a las chisteras.
Simplemente magia.
Sencillamente magia.
Mágico, como que te llueva encima después de un día de mierda,
como si el cielo quisiera limpiar tus malos pensamientos.
Mágico, como el que te saca una carcajada a las dos de la mañana. (Así, sin más.)
Magia es que alguien te mantenga una sonrisa en la cara.
Me lo imagino como los malabaristas que mantienen nosecuantos platos dando vueltas a la vez.
Parece una tontería, pero, pensadlo, ¿en cuantas caras sois capaces de mantener una sonrisa?
No de hacer sonreír, eso lo hacemos muchos, de mantenerla, a lo largo de una conversación de unas dos horas, quizá un poco menos. Si algo tiene de bonito ésto de las sonrisas que se mantienen es que además se llevan el tiempo sin tener en cuenta nada más. Que las noches dejan de ser noches, y las mañanas dejan de ser mañanas, como si al día siguiente no hubiera clase.
Éso es maravilloso.
Magia es..., la mirada de un animal agradecido. Que te hincha el alma.
Magia es la luz, las personas que son luz.
Que ya lo dijo Galeano, "el mundo es un mar de fueguitos" y con él quedaba claro que algunos fuegos "arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende".
Magia son las brujitas, y los brujitos, que aparecen de la nada (¡plof!) y nos llenan de luz las noches.
De la luz de las estrellas, y de la luz de la luna llena.
Una luz sana, quiero decir, nada de halógenos de psiquiátrico ni de flexos de noches de estudio.
Una luz como la del sol, pero más constante, más dulce, a la que puedes mirar fijamente y morirte de ternura, sin tener que poner la mano de por medio para que no te moleste.
(La luz de la magia nunca estorba)
Bien pensado, debe existir.
La magia, digo..., porque si no existiera no habría brujitas, ni brujitos. Y los hay (vaya que si los hay).
Es magia encontrar a un brujito de los que hacen luz de la sana.
Es magia sonreír después de un día de mierda.
Es magia, y nada más.
(Y como me susurró Frida anoche)
"Enamórate de alguien que te mire como si quizás tuvieras magia".
martes, 4 de febrero de 2014
Cientodiez.
Es bueno éso de darles un día, supongo, aunque la gente con cáncer en realidad de la vida.
Juegan obligados, y algunos pierden.
Por suerte, o mejor dicho por lucha, mi tía ganó.
El año pasado mi tía se vio obligada a jugar, cáncer de pecho, que se dice pronto.
Que nos tocan las tetas hasta para las enfermedades.
Pero ahí está, luchó y ganó.
Sinceramente, no sé lo que se siente cuando pierden, pero sé que no puedo imaginar que habría hecho si ella pierde.
En tan pocos años como llevo consciente de lo que vivo, he sentido el cáncer cerca de la gente a la que quiero en demasiadas ocasiones. (No debería suceder nunca)
Creo que lo peor de verlo desde fuera es cuando lees todas las posibles (seguras) causas de que haya tanto cáncer en el mundo. Y es que nos envenenan con la comida que nos venden, la energía que nos cobran... Y es que aquello contra lo que lucho se está llevando desde las sombras a miles de personas, y entre ellos intenta llevarse a mi gente.
Pero igual que nos quitan nos dan sin saberlo.
Nos dan fuerzas.
Es un ejemplo de vida la lucha, contra el cáncer, contra la esquizofrenia, o contra cualquier enfermedad.
(A mi me hace fuerte mi lucha contra la epilepsia, fíjate tu).
Y es que la única moraleja que puedo sacar de éste mundo de mierda son las ganas de luchar. De luchar como mi tía, como mi amigo, como todos los que han vencido y como todos los que pierden. Ganas de luchar contra cualquier muro, y ganas de aprender a disfrutar cuando llegan cosas buenas.
Parece ser que éso es la vida, y aunque hay que preparar a la mente (que nos puede demasiadas veces) siempre se puede vivir. Yo vivo en una lucha constante, contra mi misma, contra la crueldad hacia los animales, contra el patriarcado, contra mi ignorancia, contra los muros que me retienen; ..., pero creo que me falta aprender a disfrutar de las cosas buenas como lo ha hecho siempre ésta mujer preciosa que puedo decir con orgullo que siempre me ha sostenido.
Mi familia constante.
Más allá de mi predilección por las familias de elección, he de decir que siempre la elegiría, porque merece la pena verla reír.
Gracias por enseñarnos a disfrutar todos los días, gracias por ser fuerte.
Vendrán cosas malas, quizá hasta peores, pero podrás con ellas, porque he llegado a la conclusión de que a partir de ahora a la gente buena nos van a pasar cosas buenas.
He llegado a la conclusión de que ganaremos a los miedos impuestos.
lunes, 3 de febrero de 2014
Cientonueve. (Qué número más feo)
Casi preferiría que estuviese partido por una hostia que tu me metieras.
(Aunque cada día de ausencia huele a bofetada)
Odio que no esté partido por un beso.
O incluso por los gritos.
Hasta lo peor es mejor que nada.
Hasta el dolor es mejor.
A veces el dolor nos hace sentir vivos.
Prefiero sentirme viva después de ti que no sentirme nada.
¿Dónde estás?
¿Dónde paras?
¿Por dónde paseas los días tediosos?
Supongo que no eres como imagino,
(sé que eres mejor),
supongo que todo aparece cuando lo dejamos de buscar.
Espero que si apareces sea de verdad.
Señales, a saber qué es eso.
Los signos que te dejo para ver si llegas.
Miguitas de pan.
Pero parece que seas celíaco.
¿Y ahora qué?
A veces tengo miedo de todo lo que tengo dentro.
Tengo miedo de mi mundo.
Me gustaría contártelo todo, en una noche de esas de charlas interminables.
(Aunque sigo pensando que te dormirías a la mitad, o antes).
No puedo pedirte mucho.
No suelo hacerlo.
Antes que nada me gustaría saber si estás bien.
Últimamente éso es lo más importante de mis días,
saber que estás bien.
Después quisiera saber qué te apasiona.
Me gusta la gente apasionada, son los únicos que lo dan todo de verdad.
Yo soy apasionada.
Te lo daría todo (y no sabes cuánto me aterra éso).
Que me grites al oído como lo hace Andrés Suárez.
No quiero susurros.
Quiero tu alma (te daré la mía para que no te sientas vacío).
Quiero mar.
Quiero ciudad.
Quiero campo.
Quiero paseos.
No quiero poesía,
yo de éso no sé.
No sé que (te) quiero.
Ciento-ocho. (De cine)
Cientosiete. (Brujería de mujer, que hoy ya tocaba alguna crítica)
Como dice mi gran amiga María Juárez en su texto (http://arenasmovedizas-els.blogspot.com.es/2014/02/revolucion-en-mi-por-maria-juarez_3.html) nadie habla nunca de lo duro que es el proceso. Pero hay algo que nos mueve, hay algo que nos ayuda a seguir en él, y es que, a pesar del sufrimiento, éste camino a la emancipación nos ayuda a ver lo fuertes que somos y que podemos ser en realidad.
"Revolución en mi" por María Juárez González.
María Juárez González, estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, ha escrito éste texto en relación con su contacto actual con el feminismo. Feminista y activista, una nueva en las filas (como yo) ha plasmado con sus palabras lo que nos recorre por dentro a tantas de nosotras que estamos empezando a ser quien queremos, debemos, y soñamos ser, MUJERES LIBRES.
Revolución en mí
Un día Simone de Beauvoir dijo que "el feminismo es una forma de vivir individualmente y luchar colectivamente". Sí, eso dijo, pero yo no era consciente de lo mucho que eso significaba. No era consciente, hasta ahora, de lo que pasa cuando me miro al espejo y me veo distinta. Y descubro que, a lo mejor, no soy tan como quiero ser, sino como han querido que sea. Cuando mi autoestima de cristal que tanto me costó recomponer un día, se rompe en mil pedazos. Cuando me miro, cuando me miro y no me veo. De que el suelo que piso ya no es el mismo, que ya no es firme, de que siento que me hundo en él. De que el mundo que percibo por mis poros huele distinto, amargo. De que ya no quiero mirar atrás cuando camino, sola, en la noche. Tampoco que las palabras no me suenan igual. Ahora retumban en mis oídos, en mi garganta. Ahora hacen daño. Hacen daño las que se pronuncian, y las que no. De que aquellos brazos cálidos que un día me abrazaron ahora son fríos como el hielo. Hostiles. Ni tampoco de que mis inseguridades, mis miedos, tuvieran nombre de varón. Su nombre. El de él y el de muchos otros. De que todo lo que antes era certero para mí, se derrumba. De que la realidad que había construido durante mi corta pero agitada vida puede mirarse desde otro prisma. Un prisma violeta. De que iba a medir cada uno de mis gestos de forma matemática, cada mirada que sentía, cada voz que escuchaba. De que iba a pensarme y a repensarme. A mí. A ellas y a ellos. De que iba a ser consciente de mi posición en el mundo, y de mi postura, y de que ésta no es similar a cómo la imaginaba. Un día Simone de Beauvoir dijo eso, pero nada mencionó acerca de lo difícil que sería.
Cientoseis.
Él caminaba las noches, y desgastaba asfalto y aceras sin compasión, sin siquiera prestar atención a los pasos que les robaba.
Él caminaba las noches y miraba a los ojos de las estatuas.
Besaba los pies de las estrellas.
Miraba con ternura a las farolas.
Y a veces, sólo a veces, se encendía un cigarrillo. (A alguien no le gustaba que fumara.)
Él caminaba las noches para airear las ideas,
para pasear a sus demonios, como quien saca al perro,
o quizás sólo para sentir que aún formaba parte de esa ciudad que se le empezaba a hacer grande.
Él caminaba las noches con los pensamientos llenos de canas
y los músculos cansados de no ser aún viejos. (A veces vivir es tan pesado.)
Él caminaba las noches porque no tenía camas para caminar.
O quizás lo hacía porque tenía demasiadas camas esperando en su agenda. Quien sabe.
Él caminaba las noches, y en algún lugar alejado, ella querría ser él durante esos instantes en que sus pasos le hacían el amor a las calles de la ciudad deseada y repudiada, un poco de las dos, un poco por los dos.
domingo, 2 de febrero de 2014
Cientocinco.(hoy no paro)
Shh, estoy jugando a estar dormida.
Es lo que hacen las buenas hijas para que las madres no se preocupen en si la niña tiene problemas o sólo está nerviosa por su examen de mañana.
Por supuesto es un secreto, nadie es tan idiota de hacerse el dormido y publicar en su blog a la vez. Nadie da para tanto.
Porque hacerse el dormido tiene más arte del que parece.
Uno se hace el dormido para esquivar a los padres.
Uno se hace el dormido para escuchar al amigo que vuelve tarde a casa y sentirse tranquilo al sentirlo bien.
Uno se hace el dormido para que el polvo de anoche se largue sin molestar.
Uno se hace el dormido para que el amor de su vida lo observe "dormir" y así sentir sus ojos en los párpados, la boca y la piel.
Uno se hace el dormido para no tener que hacer como que ha oído el despertador y va a ir a la rutina diaria.
Uno se hace el dormido para no esperar un mail que quizás nunca llegue.
Uno se hace el dormido cuando piensa demasiado, porque sólo cuando no hay nada se puede dormir de verdad.
Cientocuatro (qué número más ambigüo).
Cientotres.
No muchas, es cierto, pero se ve alguna.
Y yo, que le tengo pánico al universo sin límites que hay allá afuera, y que me aterra pensar en masas enormes que nos rodean, en fin, aún con todo soy una gran amiga de las estrellas.
Y de la luna llena.
Creo que lo mejor que tiene el universo son la luna y las estrellas.
O igual es que es verdad que la noche está hecha para los locos y los artistas.
(Yo peco un poco de loca)
Me gustan los días de primavera en los que hay luz solar a raudales.
Pero el invierno tiene algo bueno, muchas más horas de estrellas.
Muchas más horas de luna, cuando la hay.
Me gusta la luna porque es como una mujer. Con sus ciclos y sus cosas.
Hace lo que quiere, y eso es precioso.
Me gustan las mujeres que hacen lo que quieren.
Más allá de patriarcados opresores.
Más allá de parejas estándar.
Más allá de los demás.
Me gustan las mujeres que son capaces de llenarlo todo de luz.
Que pasan por la vida de los demás iluminándola, y nada más, pero sin dejarla a oscuras cuando tienen que irse.
Me gustan las mujeres eternas. Esas que aunque ya no estén siempre viven en nosotros.
Me gustan las mujeres que leen a Neruda tanto como ven porno.
Me gustan las mujeres que dan para todo.
Me gustan más las que hacen el amor que las que follan, aunque aveces siento un poco de envidia de las segundas.
Me gustan las mujeres que duermen solas. Las que sólo se abrazan a peluches o a animales.
Me gustan las mujeres que tienen a sus hijos. Hijos de ellas, y de nadie más.
Me gustan las mujeres que duermen con sus bebés. Las que dan el pecho.
Me gustan las mujeres que hablan de la regla sin tabú ninguno.
Me gustan las mujeres.
(Y sin embargo, me cuesta tanto amarlas que aquí estoy.
Soy un proyecto de bollera a medias, y siempre lo he sabido.)
sábado, 1 de febrero de 2014
Cientodos.
Hace tiempo hubo en un hogar una pareja de locos que decidieron soñar y vivir una vida soñada. Como no les gustaba el olor a rancio y el color gris de las calles decidieron pintar su casa de colores y llenarla de flores plantadas en tiestos. Decidieron soñar juntos al menos una vez al día, para compensar las horas de trabajo en una insulsa vida social que no dejaba de ser normal No les gustaban las cosas normales.
Ellos se disfrazaban siempre que podían, eran miles, cientos de personajes, no dejaban nunca de intentar inventar una vida nueva, pero en la que siempre estaban juntos. Consiguieron unificar las vidas de Peter Pan y de Alicia. Consiguieron que las luciérnagas se hicieran amantes de los elefantes, que una jirafa fuera amiga de un ratón, que un simple lapicero tuviera una sonrisa enorme. Sí, se disfrazaban y daban vida a las cosas que tocaban. Eran una pareja loca, llena de recuerdos marchitos que decidieron regar con una felicidad desbordante. Se querían como ya no se quería nadie, como ésas parejas de abuelos que están juntos toda una vida y que se siguen sonriendo por las mañanas. Como esas parejas de abuelos que se nos están yendo con la hermosura de éste pueblo que se convierte en gris ciudad.
Tuvieron dos hijas a las que transmitieron todo. Tuvieron tiempo de enseñarlas a soñar, a vivir y a querer. Tuvieron tiempo de ir al bosque, de conocer animales, de mancharse de barro.
Pero un día, Alicia, la luciérnaga, la jirafa, el lapicero... se fue como se van los abuelos que hacían más hermoso éste mundo. Y dejó en el mundo a un Peter Pan que creció de golpe, a un elefante que se sentía pequeñito, a un ratón al que se le roía el alma. Y dejó también a dos pequeñas disfrazadas de tristeza.
Todo perdió el sentido, así que ya no salían apenas a la calle, porque ya no había nadie para reinventarla. Lo gris de fuera había entrado dentro. Las paredes se descorcharon. El olor a rancio mató a las flores de los tiestos... y así con la tristeza vino un día Campanilla y se llevó a Peter Pan de la mano, a ése lugar donde él creía que encontraría a su Alicia, a su luciérnaga, a su jirafa, al lapicero que pintaba las sonrisas en su mundo.
Y así dejo a dos pequeñas solas, con un baúl de disfraces que hacía tiempo no se utilizaban. Pinturas de todas las clases en todas partes. Paredes descorchadas y flores marchitas.
Pasaban los días sin sentido, con la comida justa para el cuerpo y sin alimento para el alma.
Dos niñas no deberían estar solas en un piso de paredes descorchadas.
Así que un día se sentaron a hablar y decidieron que la única manera de corregir eso era que dejaran de ser dos niñas solas, e inventaron dos personajes: el tigre melancólico y el payaso ausente. Se pintaron las caras y se vistieron con la ropa adecuada. Y se metieron en sus personajes:
El payaso ausente se pasaba el día pensando en sus padres locos que se habían ido.
El tigre melancólico pensaba en las flores marchitas y las paredes descorchadas.
Al día siguiente cambiaban el rol, el payaso ausente pensaba en las paredes y las flores, y el tigre en los padres huidos.
Pensaron que quizás volverían, e intentaron plantar flores nuevas.
Pensaron que si volvían habría que pintar las paredes.
Pensaron en limpiar un poco, pues el olor a rancio había arraigado en los libros viejos.
Pensaron en cambiar la melodía, para ver si así el gris se iba del todo.
Pasaban horas sentadas pensando, pensando en lo que es la vida, en las cosas malas que le pasan a la gente buena.
Pensaban en encontrar alguien que las salvase, alguien que hiciera que el mundo volviera a tener sentido. Alguien que las sacase del pozo.
Y esperando crecieron.
Esperando lo que no llegaba y alimentándose en su locura felina y payasil.
Como el personaje que olvida que fue un actor loco.
Pasaron la vida juntas, gruñendo y haciendo chistes, cada una con su papel tan interiorizado que no sabían salir de él.
Así se imaginaban felices, imaginaban a sus padres que ya no estaban. Imaginaban los colores de las paredes que estaban tan grises como el alma.
Y un día, tras abrir al cartero, que sólo traía noticias más grises aún de ése mundo frenético que había fuera, que avanzaba sin ellas, el tigre melancólico decidió escaparse. Y salir. Y salió. Y encontró un mundo frenético, sí, pero no tan gris como había creído siempre. El tigre melancólico se dejó sorprender por la extraña belleza de una calle adoquinada sin un fin visible.
A tres carriles llenos de coches de colores que subían y bajaban sin pensar en nadie.
Hasta el egoísmo tiene algo de bello para el que se siente solo.
Paseó por los parques y los encontró como pulmones. Vio en ellos las flores que ya no crecían en casa. Se dejó llevar por las personas que andaban sin mirar, que hablaban sin decir nada, y llegó a una estatua enorme que coronaba una enorme plaza. Dudando entre si ganaría su agorafobia o su curiosidad paseó por la plaza hasta darle al menos cinco vueltas. Se paró a pensar y dio una vuelta más, porque no le gustaban los números impares.
En el piso el payaso ausente seguía mirando al techo, pensando en todo, o quizás en nada. Con la mente más blanca que su cara y el corazón más triste que ésa sensación de frío que le había dejado la huida de su hermana. Metida en su papel de payaso decidió salir a buscar un circo. Lo encontró y pasó la prueba. Y ya estaba todo, ya era un payaso oficial. Oficialmente ausente, pues no se relacionaba con nadie. Una vez al día, a veces dos, salía a escena y representaba a ése ser tonto que se pinta la cara de colores para hacer reír a niños grises. Y luego, volvía a esperar a Campanilla, que no quería venir a por ella como vino a por Peter
En la ciudad el tigre melancólico aprendió a reír.
En el circo, el payaso ausente, olvidó cómo se lloraba.
(Y por la mañana, Alicia las despertaba para ir al colegio, como a todos los demás, al fin y al cabo, sólo era un juego de niños.)



















