domingo, 26 de junio de 2011

cincuentaicuatro.




Cuando la música se come la ausencia y paraliza el mundo a tu sombra.
Sombra que oscurece el ambiente y alivia el calor.
Voces maravillosas, pedacitos de paraíso que parece increíble quepan en unos labios humanos.
Labios de ángel camuflado entre copas.
Quizá no es sólo poder sino más, querer.
Querer poder escucharles de por vida, ver sus manos acariciando los instrumentos con tal maravilloso resultado.
Cuando una melodía paraliza tus sentidos y desafía a la ciencia al dejarte sin respiración ni pulsaciones, al llenar tu estómago de admiración.
Y luego, al final, vuelves a dejar a tu corazón latir y a tus pulmones respirar, pero muy despacio, para que el ruido de tu anatomía no enturbie el reciente recuerdo de las últimas notas, que aún flotan en el aire.

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