Luego pasaban los días, pero lo aguantaba.
Luego estaba el teléfono.
Después, tras un par de semanas, empezaba a extrañar algunas cosas.
Más tarde, meses..., y poco a poco la paciencia se acababa.
Y así, poco a poco, el día a día empezaba a consumirla de nuevo.
La rutina de echar de menos a alguien.
La necesidad de un abrazo que nunca le darían.
Y luego... el invierno.
El invierno, el infierno.
Infierno que la separó, por medio de un par de diablos, aparentemente ángeles.
Echar a la suerte algo tan...elemental.
Tan elemental que el infierno la corroía, que el infierno se la comía.
Abría sus fauces y tragaba.
Y después, salir de allí.
Verle los cuernos al ángel.
Y entonces...
una vez más le tendió la mano, y tiró de ella.
Estaba allí, de nuevo.
Y es que, al fin y al cabo, aunque no la mereciera, nunca la abandonó.
Es posible, que, por eso, la quisiera demasiado.
Por eso no quería perderla nunca más.

Aún así sabes que Sirius mola mucho más!
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