Se podía bañar en lágrimas. Sí, ¿por que no?
De todos modos le dolía demasiado el pecho como para hacer otra cosa. Si lloraba, al menos aflojaba un poco el nudo de su estómago. Desde que se fue de su lado ya no había nada mas importante en su vida. Ella era su vida. Y los putos cabrones la habían matado.
Símplemente así. La mataron por no ceder. Eso era lo peor. Recordaba con frustración el día en que lo llamaron para reconocer el cuerpo. Rocordaba cómo le temblaban las manos antes de entrar al depósito, y cómo sus rodillas aflojaron al verla ahí tendida, en esa cama de metal, llena de magulladuras y moratones. Tras unos segundos se abrazó a ella, a ese cuerpo pesado, sin vida, inerte.
-¿Por que no les dijiste lo que querían? ¡Tenías que haberlo hecho!-. Le gritaba mientras sus ojos arrojaban torrentes de lágrimas.
No, no podía vivir sin ella. Pero tampoco podía morir sin vengarla, y, así, en su vigésimo día de desesperación, decidió plantarse bomba en mano en la comisaría. Quería morir, sí, pero se llevaría a esos cerdos por delante. Por ella.
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