Quizás hacía demasiado que aguantaba su mirada en sueños.
Tanto tiempo y todo seguía igual allí dentro. Las mismas ganas de gritarle en medio de la calle que le quería, que se había enamorado perdidamente de él, desde el primer momento. Que la había cautivado desde la primera sonrisa, desde el primer "hola" desde la primera mirada. Desde el primer segundo en el que sabía que quería ser suya y que él le entregase su alma como ella le había regalado su corazón.
Increíble creer que después de tanto tiempo sin verse ni quedar su alma ardiera como una cerilla cuando escuchaba esa genial canción que él le tarareó un día de verano.
"Mátame a besos". Susurraba antes su mente, cuando aún se veían.
Y ahora se decía siempre a sí misma que en cuanto lo viera lo abrazaría para no soltarlo nunca jamás, le miraría, como antes, a los ojos, y le diría todo lo que nunca se atrevió a decirle. Ahora su libertad era él. Era libre para decidir que quería atarse a su lado para siempre.
Y ahí estaba, esperando el siguiente tren que saliera hacia aquella ciudad para correr a su lado. No podía esperar más para verla, a la que ahora era su niña, a la que siempre lo había sido. Aparecer por sorpresa en su puerta con una tableta de chocolate Milka, de ese que tanto le gustaba a ella, y contarle en pocas palabras que siempre había deseado comérsela a besos y llevársela a la cama. "Sólo un día más", se decía antes cada vez que se decidía a cogerle la mano. Siempre aplazándolo, y ahora, después de tanto tiempo, ella seguía ahí, inaplazable. Y esa piel tan suave que sólo podía tocar cuando le hacía cosquillas, mera escusa de chaval confundido..., esa piel que se le clavaba en recuerdo cada noche haciéndole sentir el cielo en el infierno. Infierno de no poder tocarla en realidad, cielo recordar cada detalle. Y el sonido de la estación lo despertó de su sonrisa anunciando el tren esperado. Ya no lo aplazaría nunca más.
(Esto es para mi lectora más fiel y por una gran persona descubierta hace poco).
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