martes, 7 de junio de 2011

veinticuatro.


Solía mirar al cielo de tanto en tanto, esperando a que alguna estrella iluminara su cabecita loca llena de ideas anónimas. Ideas como ella. Anónima. Chica anónima que busca a su príncipe verde de charca en charca. Adoraba a las ranas casi tanto como adoraba la música. Valiente cockteil de gustos que hacía de ella un ser peculiar.
Bañar su pelo en sangre escondiendo el dolor. La sangre que desprendía su alma rota cada día, tapada por una sonrisa radinate y unos ojos vacíos.
Sus oídos ardían en la soledad, pero su garganta cantaba en público;... melodías suaves de acordes mágicos. Magia,..., aquella que faltaba en su vida desde hacía varios años.
Esos años desde que creció, de golpe, sin previo aviso. Y su vida seguía caminando mientras su cabeza luchaba para que su corazón dejara de gritar "¡Te necesito!".

Cerebro coherente que trata de decirle a tu corazón, "deja de gritar, las ranas son ranas, y los principes, sueños."

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