miércoles, 12 de marzo de 2014

Cientoventisiete.

La Brujita y El Lobo.

Aunque no es lo habitual, éste cuento podéis empezarlo como queráis. Yo lo imagino con un “hace mucho tiempo” o un “érase una vez”, a lo clásico, porque en mi mente se da sobre el siglo XIX, pero no soy una escritora oficial ni hecha y derecha, así que depende de vosotros cuándo se dé la historia, la ropa que imaginéis en los personajes o el ambiente.
Hoy, a mi, sólo me toca contarla.

Había una Brujita que vivía en un pueblo, cercano a una ciudad que muy de vez en cuando visitaba.
Había un lobo que vivía en el monte, cercano a un bosque que de tanto en tanto pisaba.

Vayamos con la Bruja. Hay algo importante que ha de saberse, y es que ella no sabía que era bruja, y no lo supo hasta que rozó la adultez. Vivía en una casa un poco alejada del pueblo, sí, pero no porque las brujas vivan lejos del resto de los mortales, sino porque el trajín y el cotilleo pueblerino le agobiaban un poco, y porque poder cultivar su propia comida le entretenía y ahorraba dinero. (En épocas de crisis más que nunca un huerto es una mina de oro).

Como buenos lectores os preguntaréis cuándo, cómo y por qué descubrió su magia la brujita. Fue en un día de invierno, en el que paseando por el pueblo se encontró con un perro muerto de frío y de hambre. Lo miró a los ojos y no pudo evitar sentir la necesidad de ayudarlo, así que lo cogió en brazos y se lo llevó a su casa, un poco apartada de todo, para darle de comer y prestarle unas mantas. De tanto tiempo malviviendo el perro también se veía enfermo, así que lo llevó al médico del pueblo con la esperanza de que éste pudiera ayudarles, pero el médico la miró sobre sus gafas de media luna, entornó los ojos y sugirió:

“Si no quieres que te diagnostique a ti un transtorno mental saca a ése chucho de mi consulta inmediatamente.”

La Brujita (bueno, entonces aún no) se asustó y salió corriendo con el perro en brazos. Un poco alicaída llegó a la conclusión de que debía ser ella quien le diagnosticase la enfermedad a su nuevo amigo. Le tumbó en unas mantas al lado de la chimenea y puso una silla justo en frente, se sentó y se quedó observándole durante horas. Se conoce que el perro se sentía incómodo con una jovencita mirándole todo el rato casi sin parpadear, porque de repente abrió la boca y dijo:

“Lo que tengo ya se está curando. Se cura con comida, calor y cariño, y tu, pequeña, me lo estás dando todo en cantidades industriales.”

La Brujita (aunque aún no se había dado cuenta) dejó caer los hombros y suspiró de alivio al saber que su amigo estaba recuperándose. De pronto, se quedó quieta, boquiabierta y pensando...

“¿Los perros hablan?”

El perro rió.

“¿No es evidente?”

“Pero..., nadie habla con los perros...”

“Querida, los perros hablan. Son los humanos los que no escuchan.”



Ahí lo tenéis, en ése momento la Brujita supo que era Brujita, por algo tan simple como haber aprendido a escuchar. Toda la noche hablaron el perro y la Brujita, y él le hizo entender la importancia de la empatía, la compasión e incluso de una sonrisa verdadera.
Ella le escuchaba y preguntaba. Preguntaba mucho:

“¿Es también por la magia que siempre me he sentido diferente?”
“¿La magia me servirá para ayudar a los demás?”
“¿Puedo contárselo a alguien?”
“¡Cómo que no me creerán, no estoy loca!”


El Lobo vivía en el monte, cerca de un bosque al que iba más bien poco. No es que fuera antipático, es que no tenía nunca ganas. En el bosque paseaba hasta encontrar a su quizás único amigo, a su hermano del alma, el Búho, que le hablaba de todo lo que conocía y observaba. No es una casualidad que siempre se haya relacionado al búho con el saber, los búhos no sólo son aves que vuelan y pueden verlo todo desde diferentes perspectivas, los búhos son aves nocturnas y, como todo el mundo sabe, la noche está hecha para los artistas y para los locos, y, como todo el mundo sabe, nadie es más sabio que un artista o un loco.

Pues bien, el Búho observaba y luego le contaba todo al Lobo. Muchos días, después de sus charlas, el Lobo olvidaba cazar y se dedicaba a rumiar pensamientos en su cueva. Le gustaba estar con el Búho porque era de los pocos momentos en que se sentía feliz de verdad, aunque a la vez se sentía pequeñito por todo lo que le quedaba por aprender. Puede sonar estúpido, claro, un lobo puede acabar ferozmente con un búho y no dejar ni las plumas, pero éste lobo raro sentía que su mente estaba tan achicada al lado de la del búho que ni aunque quisiera (que no quería) hubiera podido hacerle daño.

Así, los días pasaban, con la Brujita aprendiendo a usar sus poderes sanadores para ayudar a su amigo el perro y con el Lobo embebíendose de todo lo que le contaba el Búho.

Un día, la Brujita quiso ir a pasear por el bosque, teniendo antes que cruzar por el monte. El paseo fue directo, tranquilo, sin complicaciones. De regalo se llevaba algunas setas y frutos rojos, para hacer una cena diferente y agradable.
A la vuelta del paseo, casi a la salida del bosque, casi llegando al monte, la Brujita se cruzó con el Lobo. Como podía hablar con los animales, o mejor dicho sabía escucharlos, ya no le daban miedo, y por ello no huyó despavorida.
El Lobo la observaba curioso, extrañado de que ésa jovencita rara no saliera corriendo, pues estaba seguro de que le había visto. Torció el hocico y rechinó entre dientes:

“Éstos humanos están todos locos.”

La Brujita, como no podía ser de otra manera, le oyó y se ofendió. ¡Llamarla humana a ella, que era diferente, que era una Brujita, que era buena con todos los seres, que sabía escuchar! ..., sintió que se enfadaba por primera vez en mucho tiempo, y, sin poder controlar su lengua larga que siempre decía lo que pensaba su colorida mente soltó:


“Si vamos a generalizar he de decir que espero que el resto de lobos no sean tan lentos como tú, si yo fuera un cazador ya estarías muerto.”

Nada más decirlo se arrepintió, había sido un poco brusca.
El Lobo la miró atónito.

“¿Me escuchas?”

“Si.”

“¿Cómo?”

“Creo que con el corazón, pero estoy empezando, no me hagas mucho caso.”

“Es imposible.”

“Obviamente no lo es, no digas tonterías, pensaba que los lobos erais más listos.”

“Eres un poco grosera tu, ¿no?”

“Lo siento..., es sólo que me ha molestado que me llames humana.”

“Es lo que eres.”

“No lo soy.”

“Lo eres.”

“No lo soy.”

“Bueno, pues eres una cabezota, que para el caso es lo mismo.”

“Soy una Brujita.”

“¿Brujita?”

“Ya te lo he dicho, estoy empezando.”

El Lobo quiso reír, pero no le salió más que una sonrisa.
La Brujita quiso irse, pero no le salió más que un paso hacia el lobo.

“¿Qué llevas en la cesta?”

“¿Piensas comerte a mi abuela?”

“¿Perdona?”

“Como el de Caperucita Roja, le preguntó por la cesta y acabó comiendose a su abuela.”

“Definitivamente, los humanos estáis locos.”

“Te he dicho que..., bueno, da igual.”

La Brujita se dió la vuelta indignada y echó a andar hacia su casa.
El lobo quiso seguirla, pero no le salió más que una mueca de tristeza, borrando su sonrisa anterior.

De nuevo, siguieron pasando días. Por supuesto, el Lobo y la Brujita se volvieron a encontrar, aunque no puedo deciros cómo ni dónde, porque hasta mi mente me guarda algunos secretos cuando hablo de amores ajenos.
El hecho es que se encontraron, y volvieron a hablar.
El hecho es que se volvieron a encontrar, y hablando pasaron días cruzándose en los caminos y en las vidas, hasta que hablar era innecesario para saber qué pensaba el otro.

Ella le regalaba cartas interminables.
Él le regalaba libros que cogía a hurtadillas de la tienda del rico del pueblo.

Ella se embebía de lo que el Lobo le contaba.
Él aprendía a sentir la magia que la Brujita le mostraba.

La Brujita se sentía feliz de poder hablar con alguien más que con su amigo el perro, que además llevaba días de viaje. Se sentía feliz de que su poder sirviera para escuchar a un lobo tan interesante, que tenía para contar su vida tanto como la de su amigo el Búho.
Una vez pasaron la tarde juntos, los tres, el Búho, el Lobo y la Brujita, y pasearon y hablaron toda la tarde, o más bien habló el Búho, pues cuando él hablaba sobraba cualquier sonido ajeno a su voz.
A ella también le llenó ésa sensación de felicidad que había sentido siempre el Lobo, además de ésa otra sensación de pequeñez ante una mente tan brillante.

El Lobo se sentía feliz de haber encontrado un alma tan parecida. No era como con su amigo el Búho, que sí, se parecía a él pero daba la sensación de que le superaba en la velocidad en que corrian sus pensamientos. La Brujita no, la Brujita iba a su ritmo, y si no lo iba se adaptaba para caminar a su lado o le observaba correr. Era una Brujita buena, porque cuando lo veía acelerar para correr no le pedía que parase pero sí que mirase por donde pisaba.
Se preocupaba, “instinto de madre” lo llamaba ella. “Algo más”, lo llamaba él.

Podían pasar la tarde hablando, pero en cuanto oscurecía la Brujita volvía a casa.
Nunca lo invitó a entrar.
Nunca el Lobo se lo pidió.

En su interior la Brujita quería conocer la cueva del Lobo, se moría de curiosidad.
Una vez tocó su lomo y pudo sentir como bajo su bello pelaje había cicatrices grandes y feas.
Le dió miedo la sensación, le dió miedo pensar en todo lo que había sufrido y seguramente seguía sufriendo su querido amigo lobo. Le dió miedo sentir que quería conocerlas, cada una de ésas cicatrices, y ayudarle a superarlas, a no temerlas más.
Después de ésa vez ya no quiso nunca más entrar a la cueva del Lobo.
Después de ésa vez algo cambió.

En secreto, cuando llegaba la noche, el Lobo aveces se escondía bajo la ventana que daba a la cocina de la Brujita para olisquear y saber qué iba a cenar.
No solía gustarle lo que preparaba porque ella no comía otra cosa que plantas, y los lobos (ya se sabe) son más de carne cruda, pero seguía llendo a olisquear.
Otras veces se metía en lo más profundo de su cueva, repasaba cada palabra de las conversaciones con la Brujita y se decía a si mismo que nunca volvería a salir de la cueva y que nunca más volvería a ir a verla.
El día que ella le tocó el lomo fue uno de esos días de cueva. Sintió miedo, terror, cuando se dió cuenta al mirarla a los ojos que la Brujita había sentido sus cicatrices. Sintió pánico de que ella pudiera llegar algún día a conocerlas, o peor aún, a ahondarlas.

El día del lomo (o de las cicatrices) fue un día triste.
Ambos tuvieron miedo a la vez por vez primera en toda su historia. Éso los separó.

Unos días después ella decidió que tenía que dejarle ir.
Unos días después él pensó en no volver a salir de la cueva, ésta vez seriamente.

Quedaron, y hablaron, un poco más por costumbre que por ganas.
Antes de anochecer ella miró a su querido lobo, y entendió que nunca podría tenerlo como quisiera, que no podría porque él era un Lobo y ella una Brujita, y, reuniendo fuerzas de a saber dónde decidió soltarle todo como se lo contaba en sus cartas, pero por primera vez mirándolo a los ojos, aunque doliera.

“Siento que tenemos que dejar de ser. Tenemos que dejar de sentir. Siento que te me escapas y que no puedo hacer nada para evitarlo. Quiero ayudarte a curar tus cicatrices, pero no puedo, ni mi magia funciona si tú no me dejas. Siento que quiero más, cada día quiero y necesito más, no sólo mentalmente, también físico. Siento que quiero abrazarte y no puedo, siento que quiero cosas que no puedo pedirle a un Lobo, siento que por mucho que quisieras dármelas no sabrías.

Pero me asusto a mi misma. Porque también siento que quiero estar a tu lado siempre. Que si necesitas esconderte unos días no me importa, que te esperaré preparando una tarta de frutas para mí y un pastel de carne para ti. También siento que podemos estar juntos siempre, que podemos funcionar. Siento, a la vez, que no puedo tenerte como quisiera y que podría acariciar tu pelaje el resto de mi vida.

Soy una Brujita, y hago magia, ya lo sabes. Hablo con lobos como tu, hablo con perros, hablo con búhos. Siento y entiendo cada cosa que me dices. Hago magia porque te hago sonreír, y yo sé que no es algo fácil hacer sonreír a tus ojos. Hago magia porque te doy ganas de salir de la cueva.

Pero también te doy miedo. Y tu miedo te aleja, y la distancia mata mi magia.

No puedo sacrificar mi magia por tu miedo, aunque quiera. No puedo volverme loca y ser un humano más. No puedo pedirte que me perdones, ni que intentes comprenderme. No puedo quedarme.”

Y entonces, la Brujita se levantó con los últimos rayos de sol y se alejó hacia su casita, apartada del pueblo y lejana a la cueva, donde siempre tendría cosas por hacer y tiempo para pensar en su Lobo.

...

Lo sé, falta algo, falta lo que pensaba el Lobo. Falta que aúlle y le diga que no se vaya. Falta quizás un final feliz, o más trágico, o más final. Pero, hoy por hoy no sé que pensaba el Lobo, o quizás no quiera saberlo. Hoy por hoy no sé qué significa, no sé si es final, y no sé si la Brujita se dió la vuelta para abrazar a su Lobo y no dejarlo ir nunca, o si el Lobo le pidió que no se fuera, o si entre los dos encontraron algún hechizo que los conviertiera a ambos en aves que de la mano fueran a dar la vuelta al mundo.

Hoy por hoy, supongo, algo en mi mente espera la respuesta del Lobo, su reacción a la primera carta recitada a los ojos que le regaló su Brujita, la más corta, la más dura, pero también la más sincera.


Dualismos, como siempre, que incluso en mentes mágicas y animales se dan a pares.


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