Lo reconozco, tengo suerte.
He mamado revolución.
Más allá de cómo sean las cosas ahora,
cuando era una beba mi padre usaba boinas
y mi madre usaba petos.
Me crié en una casa en la que la única televisión que había era más pequeña que mi cerebro de nena.
Me crié entre libros, algunos de ellos roídos por nuestra pequeña Mika.
Sí, me crié entre animales.
Suena idílico.
Lo era.
Me crié con canciones protesta.
A mi las nanas me las cantaba Ismael Serrano,
y las ganas de bailar me las daban Mercedes Sosa y Leon Gieco.
A mi la imagen del Che me resultaba familiar, aunque no supiera quien era.
Me crié con un tío homosexual.
Con su pareja homosexual.
Con sus amigos homosexuales.
Me crié en un concepto de respeto simplemente completo.
Me crié en dos idiomas.
Y no, no me gustaba hablar (cómo cambian las cosas),
pero ya se sabe, "si no quieres caldo, pues toma dos tazas".
Yo era niña y no llevaba pendientes,
ni tenía los agujeros hechos.
Yo era niña y llevaba el pelo corto,
y muchos pantalones y petos.
A mi me vestían de colores,
y de disfraces.
Con seis años ya había sido pintor,
ratón, tigre, campanilla, hippie, bruja, un lápiz azul,...
He vivido en mi infancia más que muchos en una vida entera.
A mi me criaron con creatividad.
Nunca he pintado bien,
nunca he dejado de hacerlo.
He hecho más cosas con papel maché de las que pueda contar,
y siempre se manchaban también las manos de mi padre.
Mi vida eran los cuentos,
y las fábulas, dios, cómo adoraba las fábulas.
Mi padre, o mi madre, me leían por las noches.
Sé que conozco La historia interminable, pero no me acuerdo.
He viajado con Momo, y con su tortuga.
Y cuando no había cuento de mamá o papá
ahí estaba mi reproductor de cintas y mi mega caja de cintas con cuentos grabados.
(Lo sé, friki desde pequeña.)
Y si no había cuentos, ahí estaba Ismael,
"papá, cuéntame otra vez..."
(Lo sé,
Suena idílico.
Lo era.)

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