lunes, 31 de marzo de 2014

Cientotrentaicuatro.

Lo llama Apariencia Tediosa y me hace sentir confusión.
Yo lo llamaría Apariencia Dulce.
O Apariencia Amorosa.

Sea como fuere, no creamos en las apariencias.
No creamos en ellas porque a menudo se equivocan.

No es tediosa. Aunque me ciega un poco la mente.
Que ya ni escribir sé.
¡Ay!
Y que se echa de menos.
Hablar, hablar, hablar.

¡Necesito un poco de paz, para darte!

Más que tediosa, adictiva.
Algo así como una nueva droga.
Hablar, hablar, hablar.

¡Ay!

Tedioso el volver.
El empezar de nuevo la rutina.
¡Tediosa la puta lluvia!

Que necesito sol.
Que necesito tomos en blanco.
Que necesito Mayo.
Que necesito Julio.
Que (te) necesito.
Que (os) necesito.

¡Venimos del mismo lugar, de un año de mierda, de rabia sexual!

Que necesito dejar de necesitar.
Esperar, sí, porque es bueno tener algo en frente para seguir caminando.
Necesitar no, que ahí nos tenemos, que no hace falta nada más.
¡Despierta Mujer Salvaje! (y hazme más corta la espera).


Pronto sólo 53.



Tediosos los viajes de ida y vuelta.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Cientotrentaitres.

Lo reconozco, tengo suerte.
He mamado revolución.

Más allá de cómo sean las cosas ahora,
cuando era una beba mi padre usaba boinas
y mi madre usaba petos.

Me crié en una casa en la que la única televisión que había era más pequeña que mi cerebro de nena.
Me crié entre libros, algunos de ellos roídos por nuestra pequeña Mika.
Sí, me crié entre animales.

Suena idílico.
Lo era.

Me crié con canciones protesta.
A mi las nanas me las cantaba Ismael Serrano,
y las ganas de bailar me las daban Mercedes Sosa y Leon Gieco.
A mi la imagen del Che me resultaba familiar, aunque no supiera quien era.

Me crié con un tío homosexual.
Con su pareja homosexual.
Con sus amigos homosexuales.
Me crié en un concepto de respeto simplemente completo.

Me crié en dos idiomas.
Y no, no me gustaba hablar (cómo cambian las cosas),
pero ya se sabe, "si no quieres caldo, pues toma dos tazas".

Yo era niña y no llevaba pendientes,
ni tenía los agujeros hechos.
Yo era niña y llevaba el pelo corto,
y muchos pantalones y petos.

A mi me vestían de colores,
y de disfraces.

Con seis años ya había sido pintor,
ratón, tigre, campanilla, hippie, bruja, un lápiz azul,...
He vivido en mi infancia más que muchos en una vida entera.

A mi me criaron con creatividad.
Nunca he pintado bien,
nunca he dejado de hacerlo.
He hecho más cosas con papel maché de las que pueda contar,
y siempre se manchaban también las manos de mi padre.

Mi vida eran los cuentos,
y las fábulas, dios, cómo adoraba las fábulas.
Mi padre, o mi madre, me leían por las noches.
Sé que conozco La historia interminable, pero no me acuerdo.
He viajado con Momo, y con su tortuga.

Y cuando no había cuento de mamá o papá
ahí estaba mi reproductor de cintas y mi mega caja de cintas con cuentos grabados.
(Lo sé, friki desde pequeña.)

Y si no había cuentos, ahí estaba Ismael,
"papá, cuéntame otra vez..."

(Lo sé,
Suena idílico. 
Lo era.)







Marchas de la Dignidad. 22M.

En éstos días que vienen siguiendo al fin de semana en nuestro país hay un tema de debate que se encuentra en la línea entre lo público y lo clandestino. Como imaginarán, me refiero al 22 de Marzo y las Marchas de la Dignidad.




Cualquier persona con acceso a internet habrá podido ver las imágenes aéreas de una Madrid colapsada por los manifestantes, así como imágenes de policías agrediendo a manifestantes y manifestantes respondiendo con violencia a estas agresiones.
Aquellos que sólo acostumbren a hacer uso de los medios informativos masivos probablemente no hayan accedido a la parte de la violencia ejercida por parte de la autoridad, pero eso es un tema de debate en el que de momento, no quiero entrar.


El quid de la cuestión en este caso es la gran cantidad de imágenes violentas que se han mostrado al respecto, cuando para los que estuvimos allí no son imágenes ni historias representativas. Ocurrió, es cierto, pero antes de los altercados se produjo una manifestación larga, tanto en tiempo como en espacio, multitudinaria y completamente pacífica.


He de reconocer que por motivos personales llegué un poco más tarde del comienzo de la misma, pero esto me fue favorable al final, pues mientras buscaba a mis compañeros de la Columna de Extremadura pude recorrer una gran parte de la manifestación (desde Atocha hasta un poco más allá de la fuente de Neptuno) y observar los diferentes colectivos y ambientes que se daban.


Nada más llegar a Atocha y salir de la boca del metro ya se escuchaba música. Sí, música, y no gritos de horror, ni golpes, ni tiros. La gente estaba cantando y bailando, e incluso había participantes que llevaban sus instrumentos para marcar ritmos animados que nos hacían avanzar a los compañeros con una sonrisa en la boca.

El primer colectivo que me crucé fueron los compañeros de CNT que, si no recuerdo mal, bailaban, ondeaban sus banderas y cantaban al ritmo de sus pasos.

Seguí andando y confluí con muchos otros colectivos, Columnas de diferentes comunidades como Andalucía, Euskadi, Galicia…, también colectivos de Ecologistas, e incluso me crucé con unas chicas cuyas pancartas rezaban “Gitanas y Feministas”.
Pude ver a muchas familias, a amigos, a gente feliz compartiendo un día histórico con sus hijos y sus mayores. No había límite de edad, pues desde bebés de meses hasta “yayoflautas” acompañaban los  cánticos.




Si hubo alguna sensación predominante, diría que fue la de unidad. No suelo tener la oportunidad de acudir a manifestaciones tan multitudinarias, pero de las que he ido esta fue una de las más amables. Nada de aglomeraciones. Nada de agobios. La lucha se hace respetando al compañero, y allí todos éramos compañeros incluso, a veces, hasta amigos.

En los medios no hablan de la gran cantidad de personas que se movilizaron para llegar a Madrid. Por ejemplo, en cuanto a Extremadura se refiere, unos 18 autobuses, y más de 200 personas en las Marchas a pie llegaron a Madrid con ánimos positivos el día 22. En concreto siento que ese compañerismo, esas ganas, se palpan desde el momento en que un antiguo compañero de clase se acuerda de ti y te comenta que hay autobuses que llevan a gente gratis a Madrid para la manifestación. Puede parecer una tontería, pero cuando llevas meses sin saber de una persona y dicha persona se acuerda de ti para luchar, a mi al menos, me emociona.


Según avanzaba por la manifestación buscando a mis compañeros y, me atrevo a decir, compatriotas también, fui testigo de como un periodista pedía a dos chavales de la manifestación que se pusieran un pasamontañas para hacerles una foto. En ése momento me imaginé una portada de periódico con un rótulo enorme que rezaba “22M, radicales de izquierda destrozan Madrid”, o algo por el estilo.
No hace falta ser un genio para conocer la manipulación de los medios masivos. Incluso un helicóptero pasó sobre nuestras cabezas, transversal a la manifestación, sobrevolando menos de un noveno de la misma, en fin…

Aunque me parecía imposible, dada la gran cantidad de gente, entre gritos de lucha y paso parsimonioso llegué a la Columna de Extremadura, ¡por fin!, y encontré a mis amigos y compañeros encabezando la misma. Y ahí fui yo, con ellos, loca de contenta por haber llegado sin problemas y con todo el ánimo de participar y embeberme de aquello que estábamos viviendo.




Y así es que avanzamos, lento pero con decisión. Con compañeros de Euskadi primero delante, luego entre nosotros. Con uno de los grupos ecologistas unos metros más allá. Con jóvenes y mayores, pues insisto otra vez en el gran abanico de edades que nos rodeaban.

Hay algo que pude respirar durante casi más de tres horas el sábado pasado. Pude respirar alegría. Alegría porque de repente ya no estábamos solos. De repente, la lucha ya no era sólo de los estudiantes, los jubilados, los afectados por el ERE de Coca Cola Company, los maestros o los bomberos. De repente estábamos todos, juntos, en una Madrid más bella que nunca que acogía a su paso a una marea de dialectos que, en conjunción, forman este país que nos quieren robar.


Recuerdo que nos sorprendimos de cómo al pasar por La Cibeles no había ningún policía vigilándola, pero ella no nos tenía miedo, porque sabía que no somos radicales destrozaestatuas, sino personas que han decidido luchar por sus derechos por primera vez en años de una manera activa.




Hoy, cuatro días después de ésta Marcha que ya es histórica, en la televisión y los periódicos sólo se habla de violencia, en los debates sólo se recuerda cómo el 15M fue también histórico pero no llegó a nada, y en la calle se sigue luchando.


Yo, como tantos otros, tuve que volver a casa, tan lejos de mi querida Madrid, hoy más luchadora que nunca.
Sé que allí hay gente durmiendo en la calle, acampando por su dignidad y la de todos. Sé, que hay gente acampando de hecho por toda España.

También soy consciente de que probablemente nos quede mucho que aprender. No dejamos de ser hijos de un sistema opresor y competitivo que nos ha enseñado a vivir en capas sociales y con posos casi estamentales que nos hacen estar acostumbrados a las jerarquías.

Personalmente, no creo en jerarquías, quizás porque el feminismo lucha contra la jerarquía más potente y antigua, el patriarcado, y yo me declaro cada día más feminista, aunque mi lucha sigue en pie.


Es probable que hasta que no dejemos de usar insultos patriarcales, hasta que no dejemos de creernos mejores por haber leído o viajado más, hasta que no aprendamos a no hacer daño a otros seres vivos ya sean personas o animales, no podamos tener el mundo que realmente creo hoy la mayor parte de seres humanos que habitan el planeta queremos.


Pero me fui contenta de la manifestación, de la multitud, de la lucha, del saber que no todo fueron policías cargando contra nosotros antes de tiempo, no todo fueron compañeros respondiendo a la agresión policial. Esta multitudinaria marcha se compuso y compone de mucho trabajo y de muchas personas. De muchas horas y muchas ganas. Y por todo ello estoy segura de que hoy, que podemos contar lo que vimos y vivimos, sólo es un comienzo para un cambio real.


Porque queremos a nuestro país y vamos a luchar por él, gracias Marchas de la Dignidad.




Fotografía: Daniel Dominguez Rodriguez 
@MrDan95

Texto: Elsa Álvarez Schwellenbach
@els_alvarez

martes, 25 de marzo de 2014

Cientotrentaidos.

Cartas. Cartas .
¿Y qué quieres que te escriba?

Que me muero de ganas de verte
Que ésta carta no tiene sentido
Que quizás ya no tenga ni vida
el día que puedas leerme.

Que me muero de ganas de olerte,
Descubrir lo fuerte que es tu pelo,
Besar esa sonrisa de niño,
Sonreir si besas tu primero.

Que mi fin es construir un barco
Y poder navegar por tu espalda,
Que los días se hacen noches si pierdes,
Que me pierdo entre tantas ganas.

¿Y qué quieres que te escriba?

Un anónimo firmado a besos
Un beso sabor a amapola,
Unas flores que crecen salvajes
en un verde entre tanto edificio.
Edificios que marcan fronteras.
Y distancia. Puta distancia.

Cientotrentaiuno.

Creo que no es tanto pedir una tarde contigo,
Pero no me la das,
Ni la tarde ni a ti.

Puede que lo merezca,
Pues hace un mes era yo
la que no te daba lo que pedias
Y me reía con un "¿delante de todo el mundo?"

Creo, aunque igual me equivoco,
Que no es tanto pedir que vuelvas a decirlo
Brujita
No sabes lo bien que suena,
Pero sólo si lo dices tu.

Que te pido una palabra
Y te pudo la garganta
Y el tabaco
Y el alcohol.

Que de repente no soy nadie,
O lo soy todo,
Pero no, no te odio,
Si cabe, te espero más,
(Cada día un poco más)

Y yo, al fin y al cabo, lo que necesito es un copazo,
Es primavera,
Es compañía.
Lo que necesito son flores,
Colores,
Alegría.

Y tu, al fin y al cabo, lo que tienes es tu cueva,
Y ahí no llegan las flores,
Ni el sol que acaricia marzo
Y que, con suerte, picará abril.

lunes, 17 de marzo de 2014

Cientotreinta.

Amor.
Es que hoy lo único que puedo sentir es amor.
Amor y gratitud, que van un poco de la mano.
Es tan hermoso poder amar,
es tan hermosa la gente amable, abrazable, achuchable, (y tantos otros -ables-)...

Me maravilla encontrar gente a la que es tan fácil querer.
Es increíble que haya tantas personas con tanta historia detrás,
(a veces historia devastadora)
y que sin embargo parecen personas nuevas cada día.
Con sonrisas de niño,
ideas de bombero,
amor de madre.

Es vida.
Vida encontrar una persona que puede ser tan cercana desde el principio,
Me da vida la mujer, la mujer que se levanta y decide seguir,
a pesar de todo,
sin cenizas del pasado.
Me da vida tener la oportunidad de conocer y disfrutar de alguien así.

Son personas, que de repente aparecen (o reaparecen) en éstas vidas nuestras, a veces de apariencia tediosa.

Aunque más de uno puede sentirse abrazado de toda la gratitud y amor que hoy siento.
Aunque a más de uno me gustaría hoy abrazarlo, sólo para ver que pasa.

Hoy, éste texto,
éste amor creciente,
ésta curiosidad innata,
curiosidad como de niña pequeña,
ganas de conocer,
de aprender,
de compartir sonrisas,
ideas de bombero,
y amor de madre.
Hoy va por alguien de quien me declaro una gran fan.

La imagen de hoy, es suya.
El blog que os comparto, también.
Y, puedes dar por hecho querida Inma Venegas, que desde ya, mi amistad también te pertenece.
Nos queda mucho por conocer la una de la otra, pero intuyo que será precioso.

Cientoveintinueve.

Sinceramente, me desconciertas.
Me muerde la curiosidad cuando sé de ti, cuando te leo.
Sinceramente, me desorientas.

Me muere la curiosidad, pues ya se sabe, la curiosidad mató al gato.

Directamente, me vuelves loca.
En todos y cada uno de los sentidos de ésa expresión  ya desgastada del uso.
Loca, pero no de manicomio.

Cuidado, nunca de manicomio, ése es sitio para enfermos de sociedad.

Honestamente, me intrigas demasiado.
Así y aunque ser contigo sea dejar de ser,
así y aunque al final me quede con las ganas,
así y aunque quizás termine doliendo.

(Lo dicho, la curiosidad...)

Simplemente me pierdes.
O te pierdo.
Nunca en el mal sentido, al fin y al cabo no eres mío.
Me pierdes a mi misma cuando aceleras y pierdo tus pasos.

Pero aún así es apasionante verte correr,
aunque ahogue un poco la sensación de que el horizonte se te traga.

Poeta hecho de versos,
(a veces me sorprende que no lo veas).

Cantante que destila música.
Y ahí estás, plantado cual palmera.
No hay quien entienda a qué puedes estar esperando.

Háblame palmera, cuéntame a qué esperas.



domingo, 16 de marzo de 2014

Cientoventiocho.

Escuchar al gran Andrés Suárez mientras se está en el mar es uno de los placeres más viscerales que he experimentado en la vida.

No es la clase de cosas que escribe uno en una entrada de un blog, pero es que la sensación de amor puro y absoluto que he sentido gracias a su voz, sus letras y la inmensidad del agua salada que (creo) demasiado poco valoramos,... todo éso me ha hecho destilar felicidad.


Paz y felicidad. Cuán curioso que es meter los pies en el agua congelada y pensar, al otro lado del océano está la bella Buenos Aires, mi querida América, mi ansiado futuro y mi soñada libertad. Curioso y triste, en parte, o más bien melancólico. Puede ser que mi querida prima tuviera razón y la melancolía sea también un sentimiento de felicidad.


Desde luego, cantar "vuelve, que te están confundiendo con las flores que adornan los defectos de mi casa, donde aún hablo de ti" mientras escuchas el murmullo del mar, como animándote a seguir...es increíble.


Es en esos momentos en los que uno se siente intocable, inalcanzable, invencible.

Son esos momentos  los que me dan la seguridad para seguir adelante con todas las locuras que tengo en la cabeza.
En esos momentos es en los que sé que puedo volar si quiero.



Es mi manera de saber que soy la luz que ilumina la oscuridad.


"Pies, para que los quiero, si tengo alas para volar."

Me llena de vida el mar, la playa, la arena que se te mete hasta en las orejas.
Me llena de vida la inmensidad. Creo que es la única masa gigante que no me da miedo.
El universo, por ejemplo, me aterroriza, tan grande, ahí, sobre nosotros...
Pero el mar no. Qué se yo, cosas de locos probablemente.

Y hago aguas cuando llevo mucho tiempo sin el olor a sal. No puedo imaginar una casa futura demasiado lejos del mar. Me encantaría ver a mis hijos corriendo por la playa un rato cada día. Debe ser maravilloso crecer rodeado de su arrullo. 

¿Qué será que nos da para que nos guste tanto volver? Para mí es por lo del agua y la vida. Ya se sabe, donde hay agua hay vida, y claro, gente de interior que de repente se encuentra ante tal masa de vida, que late, respira por si misma, va y viene, como queriendo tocarte pero no atraparte para siempre, fluyendo con o sin ti, bajo, sobre o al rededor de ti. Simplemente fluyendo.

El mar, la música, los libros, el amor y la libertad.

(Lo sé, es mucho pedir).




miércoles, 12 de marzo de 2014

Cientoventisiete.

La Brujita y El Lobo.

Aunque no es lo habitual, éste cuento podéis empezarlo como queráis. Yo lo imagino con un “hace mucho tiempo” o un “érase una vez”, a lo clásico, porque en mi mente se da sobre el siglo XIX, pero no soy una escritora oficial ni hecha y derecha, así que depende de vosotros cuándo se dé la historia, la ropa que imaginéis en los personajes o el ambiente.
Hoy, a mi, sólo me toca contarla.

Había una Brujita que vivía en un pueblo, cercano a una ciudad que muy de vez en cuando visitaba.
Había un lobo que vivía en el monte, cercano a un bosque que de tanto en tanto pisaba.

Vayamos con la Bruja. Hay algo importante que ha de saberse, y es que ella no sabía que era bruja, y no lo supo hasta que rozó la adultez. Vivía en una casa un poco alejada del pueblo, sí, pero no porque las brujas vivan lejos del resto de los mortales, sino porque el trajín y el cotilleo pueblerino le agobiaban un poco, y porque poder cultivar su propia comida le entretenía y ahorraba dinero. (En épocas de crisis más que nunca un huerto es una mina de oro).

Como buenos lectores os preguntaréis cuándo, cómo y por qué descubrió su magia la brujita. Fue en un día de invierno, en el que paseando por el pueblo se encontró con un perro muerto de frío y de hambre. Lo miró a los ojos y no pudo evitar sentir la necesidad de ayudarlo, así que lo cogió en brazos y se lo llevó a su casa, un poco apartada de todo, para darle de comer y prestarle unas mantas. De tanto tiempo malviviendo el perro también se veía enfermo, así que lo llevó al médico del pueblo con la esperanza de que éste pudiera ayudarles, pero el médico la miró sobre sus gafas de media luna, entornó los ojos y sugirió:

“Si no quieres que te diagnostique a ti un transtorno mental saca a ése chucho de mi consulta inmediatamente.”

La Brujita (bueno, entonces aún no) se asustó y salió corriendo con el perro en brazos. Un poco alicaída llegó a la conclusión de que debía ser ella quien le diagnosticase la enfermedad a su nuevo amigo. Le tumbó en unas mantas al lado de la chimenea y puso una silla justo en frente, se sentó y se quedó observándole durante horas. Se conoce que el perro se sentía incómodo con una jovencita mirándole todo el rato casi sin parpadear, porque de repente abrió la boca y dijo:

“Lo que tengo ya se está curando. Se cura con comida, calor y cariño, y tu, pequeña, me lo estás dando todo en cantidades industriales.”

La Brujita (aunque aún no se había dado cuenta) dejó caer los hombros y suspiró de alivio al saber que su amigo estaba recuperándose. De pronto, se quedó quieta, boquiabierta y pensando...

“¿Los perros hablan?”

El perro rió.

“¿No es evidente?”

“Pero..., nadie habla con los perros...”

“Querida, los perros hablan. Son los humanos los que no escuchan.”



Ahí lo tenéis, en ése momento la Brujita supo que era Brujita, por algo tan simple como haber aprendido a escuchar. Toda la noche hablaron el perro y la Brujita, y él le hizo entender la importancia de la empatía, la compasión e incluso de una sonrisa verdadera.
Ella le escuchaba y preguntaba. Preguntaba mucho:

“¿Es también por la magia que siempre me he sentido diferente?”
“¿La magia me servirá para ayudar a los demás?”
“¿Puedo contárselo a alguien?”
“¡Cómo que no me creerán, no estoy loca!”


El Lobo vivía en el monte, cerca de un bosque al que iba más bien poco. No es que fuera antipático, es que no tenía nunca ganas. En el bosque paseaba hasta encontrar a su quizás único amigo, a su hermano del alma, el Búho, que le hablaba de todo lo que conocía y observaba. No es una casualidad que siempre se haya relacionado al búho con el saber, los búhos no sólo son aves que vuelan y pueden verlo todo desde diferentes perspectivas, los búhos son aves nocturnas y, como todo el mundo sabe, la noche está hecha para los artistas y para los locos, y, como todo el mundo sabe, nadie es más sabio que un artista o un loco.

Pues bien, el Búho observaba y luego le contaba todo al Lobo. Muchos días, después de sus charlas, el Lobo olvidaba cazar y se dedicaba a rumiar pensamientos en su cueva. Le gustaba estar con el Búho porque era de los pocos momentos en que se sentía feliz de verdad, aunque a la vez se sentía pequeñito por todo lo que le quedaba por aprender. Puede sonar estúpido, claro, un lobo puede acabar ferozmente con un búho y no dejar ni las plumas, pero éste lobo raro sentía que su mente estaba tan achicada al lado de la del búho que ni aunque quisiera (que no quería) hubiera podido hacerle daño.

Así, los días pasaban, con la Brujita aprendiendo a usar sus poderes sanadores para ayudar a su amigo el perro y con el Lobo embebíendose de todo lo que le contaba el Búho.

Un día, la Brujita quiso ir a pasear por el bosque, teniendo antes que cruzar por el monte. El paseo fue directo, tranquilo, sin complicaciones. De regalo se llevaba algunas setas y frutos rojos, para hacer una cena diferente y agradable.
A la vuelta del paseo, casi a la salida del bosque, casi llegando al monte, la Brujita se cruzó con el Lobo. Como podía hablar con los animales, o mejor dicho sabía escucharlos, ya no le daban miedo, y por ello no huyó despavorida.
El Lobo la observaba curioso, extrañado de que ésa jovencita rara no saliera corriendo, pues estaba seguro de que le había visto. Torció el hocico y rechinó entre dientes:

“Éstos humanos están todos locos.”

La Brujita, como no podía ser de otra manera, le oyó y se ofendió. ¡Llamarla humana a ella, que era diferente, que era una Brujita, que era buena con todos los seres, que sabía escuchar! ..., sintió que se enfadaba por primera vez en mucho tiempo, y, sin poder controlar su lengua larga que siempre decía lo que pensaba su colorida mente soltó:


“Si vamos a generalizar he de decir que espero que el resto de lobos no sean tan lentos como tú, si yo fuera un cazador ya estarías muerto.”

Nada más decirlo se arrepintió, había sido un poco brusca.
El Lobo la miró atónito.

“¿Me escuchas?”

“Si.”

“¿Cómo?”

“Creo que con el corazón, pero estoy empezando, no me hagas mucho caso.”

“Es imposible.”

“Obviamente no lo es, no digas tonterías, pensaba que los lobos erais más listos.”

“Eres un poco grosera tu, ¿no?”

“Lo siento..., es sólo que me ha molestado que me llames humana.”

“Es lo que eres.”

“No lo soy.”

“Lo eres.”

“No lo soy.”

“Bueno, pues eres una cabezota, que para el caso es lo mismo.”

“Soy una Brujita.”

“¿Brujita?”

“Ya te lo he dicho, estoy empezando.”

El Lobo quiso reír, pero no le salió más que una sonrisa.
La Brujita quiso irse, pero no le salió más que un paso hacia el lobo.

“¿Qué llevas en la cesta?”

“¿Piensas comerte a mi abuela?”

“¿Perdona?”

“Como el de Caperucita Roja, le preguntó por la cesta y acabó comiendose a su abuela.”

“Definitivamente, los humanos estáis locos.”

“Te he dicho que..., bueno, da igual.”

La Brujita se dió la vuelta indignada y echó a andar hacia su casa.
El lobo quiso seguirla, pero no le salió más que una mueca de tristeza, borrando su sonrisa anterior.

De nuevo, siguieron pasando días. Por supuesto, el Lobo y la Brujita se volvieron a encontrar, aunque no puedo deciros cómo ni dónde, porque hasta mi mente me guarda algunos secretos cuando hablo de amores ajenos.
El hecho es que se encontraron, y volvieron a hablar.
El hecho es que se volvieron a encontrar, y hablando pasaron días cruzándose en los caminos y en las vidas, hasta que hablar era innecesario para saber qué pensaba el otro.

Ella le regalaba cartas interminables.
Él le regalaba libros que cogía a hurtadillas de la tienda del rico del pueblo.

Ella se embebía de lo que el Lobo le contaba.
Él aprendía a sentir la magia que la Brujita le mostraba.

La Brujita se sentía feliz de poder hablar con alguien más que con su amigo el perro, que además llevaba días de viaje. Se sentía feliz de que su poder sirviera para escuchar a un lobo tan interesante, que tenía para contar su vida tanto como la de su amigo el Búho.
Una vez pasaron la tarde juntos, los tres, el Búho, el Lobo y la Brujita, y pasearon y hablaron toda la tarde, o más bien habló el Búho, pues cuando él hablaba sobraba cualquier sonido ajeno a su voz.
A ella también le llenó ésa sensación de felicidad que había sentido siempre el Lobo, además de ésa otra sensación de pequeñez ante una mente tan brillante.

El Lobo se sentía feliz de haber encontrado un alma tan parecida. No era como con su amigo el Búho, que sí, se parecía a él pero daba la sensación de que le superaba en la velocidad en que corrian sus pensamientos. La Brujita no, la Brujita iba a su ritmo, y si no lo iba se adaptaba para caminar a su lado o le observaba correr. Era una Brujita buena, porque cuando lo veía acelerar para correr no le pedía que parase pero sí que mirase por donde pisaba.
Se preocupaba, “instinto de madre” lo llamaba ella. “Algo más”, lo llamaba él.

Podían pasar la tarde hablando, pero en cuanto oscurecía la Brujita volvía a casa.
Nunca lo invitó a entrar.
Nunca el Lobo se lo pidió.

En su interior la Brujita quería conocer la cueva del Lobo, se moría de curiosidad.
Una vez tocó su lomo y pudo sentir como bajo su bello pelaje había cicatrices grandes y feas.
Le dió miedo la sensación, le dió miedo pensar en todo lo que había sufrido y seguramente seguía sufriendo su querido amigo lobo. Le dió miedo sentir que quería conocerlas, cada una de ésas cicatrices, y ayudarle a superarlas, a no temerlas más.
Después de ésa vez ya no quiso nunca más entrar a la cueva del Lobo.
Después de ésa vez algo cambió.

En secreto, cuando llegaba la noche, el Lobo aveces se escondía bajo la ventana que daba a la cocina de la Brujita para olisquear y saber qué iba a cenar.
No solía gustarle lo que preparaba porque ella no comía otra cosa que plantas, y los lobos (ya se sabe) son más de carne cruda, pero seguía llendo a olisquear.
Otras veces se metía en lo más profundo de su cueva, repasaba cada palabra de las conversaciones con la Brujita y se decía a si mismo que nunca volvería a salir de la cueva y que nunca más volvería a ir a verla.
El día que ella le tocó el lomo fue uno de esos días de cueva. Sintió miedo, terror, cuando se dió cuenta al mirarla a los ojos que la Brujita había sentido sus cicatrices. Sintió pánico de que ella pudiera llegar algún día a conocerlas, o peor aún, a ahondarlas.

El día del lomo (o de las cicatrices) fue un día triste.
Ambos tuvieron miedo a la vez por vez primera en toda su historia. Éso los separó.

Unos días después ella decidió que tenía que dejarle ir.
Unos días después él pensó en no volver a salir de la cueva, ésta vez seriamente.

Quedaron, y hablaron, un poco más por costumbre que por ganas.
Antes de anochecer ella miró a su querido lobo, y entendió que nunca podría tenerlo como quisiera, que no podría porque él era un Lobo y ella una Brujita, y, reuniendo fuerzas de a saber dónde decidió soltarle todo como se lo contaba en sus cartas, pero por primera vez mirándolo a los ojos, aunque doliera.

“Siento que tenemos que dejar de ser. Tenemos que dejar de sentir. Siento que te me escapas y que no puedo hacer nada para evitarlo. Quiero ayudarte a curar tus cicatrices, pero no puedo, ni mi magia funciona si tú no me dejas. Siento que quiero más, cada día quiero y necesito más, no sólo mentalmente, también físico. Siento que quiero abrazarte y no puedo, siento que quiero cosas que no puedo pedirle a un Lobo, siento que por mucho que quisieras dármelas no sabrías.

Pero me asusto a mi misma. Porque también siento que quiero estar a tu lado siempre. Que si necesitas esconderte unos días no me importa, que te esperaré preparando una tarta de frutas para mí y un pastel de carne para ti. También siento que podemos estar juntos siempre, que podemos funcionar. Siento, a la vez, que no puedo tenerte como quisiera y que podría acariciar tu pelaje el resto de mi vida.

Soy una Brujita, y hago magia, ya lo sabes. Hablo con lobos como tu, hablo con perros, hablo con búhos. Siento y entiendo cada cosa que me dices. Hago magia porque te hago sonreír, y yo sé que no es algo fácil hacer sonreír a tus ojos. Hago magia porque te doy ganas de salir de la cueva.

Pero también te doy miedo. Y tu miedo te aleja, y la distancia mata mi magia.

No puedo sacrificar mi magia por tu miedo, aunque quiera. No puedo volverme loca y ser un humano más. No puedo pedirte que me perdones, ni que intentes comprenderme. No puedo quedarme.”

Y entonces, la Brujita se levantó con los últimos rayos de sol y se alejó hacia su casita, apartada del pueblo y lejana a la cueva, donde siempre tendría cosas por hacer y tiempo para pensar en su Lobo.

...

Lo sé, falta algo, falta lo que pensaba el Lobo. Falta que aúlle y le diga que no se vaya. Falta quizás un final feliz, o más trágico, o más final. Pero, hoy por hoy no sé que pensaba el Lobo, o quizás no quiera saberlo. Hoy por hoy no sé qué significa, no sé si es final, y no sé si la Brujita se dió la vuelta para abrazar a su Lobo y no dejarlo ir nunca, o si el Lobo le pidió que no se fuera, o si entre los dos encontraron algún hechizo que los conviertiera a ambos en aves que de la mano fueran a dar la vuelta al mundo.

Hoy por hoy, supongo, algo en mi mente espera la respuesta del Lobo, su reacción a la primera carta recitada a los ojos que le regaló su Brujita, la más corta, la más dura, pero también la más sincera.


Dualismos, como siempre, que incluso en mentes mágicas y animales se dan a pares.


martes, 11 de marzo de 2014

Cientoveintiseis.

Sé la tigresa de tu vida.
Ruge, con ganas
cada día que vivas,
cada día que te levantes, sea la hora que sea.

Estira las patas,
siente cada músculo,
cada tendón.

Abre la boca y bosteza,
siente tu cara
que está ahí, preciosa
a rayas,
como las pinturas de guerra de un apache amenazado.

Acércate a un charco y bebe,
mírate en él
y observa tus ojos felinos.
Sí, el charco ve en ti lo que tú has de encontrar
(lo que yo veo cada día),
un animal grande,
fuerte
y bello,
que no necesita de nadie,
que vive con el medio, con la naturaleza;
Y no de ella, como hacen el resto de mortales impíos
que la desangran
y venden como espectáculo su muerte.

No, tú no eres así.
Sé más rápida, sé más lista.
Disfruta del placer de tumbarte en la rama de un árbol,
para sentir el sol en tu pelaje.

No, no eres como ellos.
Sé más lista, y corre.
Corre por la selva en la tranquilidad de saber que
aunque los días son finitos
la paz es inmensa y alcanzable (por fin).

Y no te asustes,
no hablamos de la paz de la muerte,
es una paz más fuerte, algo que va más allá.
Una paz verdadera,
fuera del mundo de asfalto y acero que habitan los que nos consideran raros.

Es la paz de la certeza,
la certeza de saber que el amor existe de verdad,
la certeza de creer en las personas,
la certeza de que en algún lugar hay alguien a quien podremos hacer sonreír cada día,
la certeza de que nunca dejaremos de aprender,
la certeza de que nunca pararemos de soñar,
la certeza de que los sueños se convierten en realidad,
(al menos en las vidas de las personas como nosotros.)

Es la paz del saber que ya no estás sola.

Es por ésa paz, por ése amor, por ésa certeza que tienes que ser tu propia tigresa.
Nena, mírate y rúgele al mundo, gruñe a los días malos, saca las uñas y sobre todo, manten ése pelaje y cuerpo de tigresa bien estirado y bonito, en algún lugar alguien anda necesitando un tigre como tú, así que no te rindas, no lo hagas, porque en alguna parte hay alguien que te necesita así, grande, fuerte y bella.


lunes, 10 de marzo de 2014

Cientoveinticinco.

La  resaca del viajero.

Hoy he estado pensando en éste concepto. La resaca del viajero. Me lo imagino como algo así:


"Resaca del viajero: padecimiento de pesar que sufre una persona al regresar a la rutina después de una huida de tiempo indeterminado."




Creía que tenía resaca del viajero. De hecho, suelo tenerla. Pero meditando sobre ello me he dado cuenta de que no, ya no tengo resaca del viajero, y es una sensación maravillosa.

Después de la mejor de las semanas en Italia, intensa pero agotadora, me siento bien habiendo vuelto. A ver, no voy a ser cínica, a nadie le gusta la idea de volver al instituto, por ejemplo, pero es hermoso sentirse en casa. Es bonito sentirse bien cuando se pisa suelo español, más allá de banderas y de nacionalismos de plástico. Es algo más que eso.

Se agradece tanto el sol sevillano, ése que no hay en ninguna otra parte del mundo, que te acaricia la piel y te da ése calorcito primaveral como diciéndote "bienvenida a casa mi amor".
Es bonito sonreír al ver a los padres, sin pensar como tantas otras veces "ya estamos otra vez".

Aunque creía que de Italia no querría volver allí he encontrado algo que llevaba mucho tiempo perdido. En Italia he encontrado mis razones, mis ganas, ahora los engranajes funcionan de nuevo y todo tira para adelante (otra vez). Hay tantas cosas por hacer, que parece mentira que podamos querer huir, huir ¿a dónde? si en cualquier sitio que pisemos habrá cosas por aprender, por absorber. Habrá personas de las que embeberse. Ay no, huir es demasiado complicado, y ¿para qué complicaciones? 

Aunque siempre me ha asesinado llegar al aeropuerto español de turno, ésta vez, sea porque bajaba del avión al lado de mi mejor amiga, sea porque una temperatura y un sol bien agradable nos acogieron en medio de la pista, sea porque fui todo el viaje dormida, me sentí realmente feliz de poder decir "estoy en España".

Me da energía querer a mi país, consciente de sus agujeros negros, pero también de sus estrellas. Me da energía querer a mi hogar. Me da energía saber qué hacer, cómo, cuándo y dónde. Me da energía el futuro próximo y lo fácil que es conseguirlo.

Me siento feliz, con ganas de volver a la hermosa Venecia, pero para encontrarme con las letras que, por fin, me acompañan a todos lados.



sábado, 8 de marzo de 2014

Cientoveinticuatro. 8 de Marzo. 2014.

Día de la mujer trabajadora y el mundo ebulle. De golpe todos nos adoran, por un día las amas de casa son las heroínas y las que encima trabajan ya...bueno bueno bueno.

Yo, para variar, hoy voy a felicitar a todos los que critican a una mujer por decidir no tener hijos. A los que las critican por ser madres diferentes. A los que se llevan las manos a la cabeza si una mujer no se depila pero abogan por el hombre de pelo en pecho.
Hoy felicito a todo aquel profesor que no sabe nombrar a mas de dos mujeres ilustradas en la materia que nos "enseña".

Hoy felicito a los hipócritas que se han llenado la boca de alagos y las manos de flores.

Y, así de propina, daos por besados los maravillosos seres humanos que hay en mi vida, personas que con coño o con polla son valiosos por sí mismos.