La Brujita y El Lobo.
Aunque no es lo habitual, éste cuento
podéis empezarlo como queráis. Yo lo imagino con un “hace mucho
tiempo” o un “érase una vez”, a lo clásico, porque en mi
mente se da sobre el siglo XIX, pero no soy una escritora oficial ni
hecha y derecha, así que depende de vosotros cuándo se dé la
historia, la ropa que imaginéis en los personajes o el ambiente.
Hoy, a mi, sólo me toca contarla.
Había una Brujita que vivía en un
pueblo, cercano a una ciudad que muy de vez en cuando visitaba.
Había un lobo que vivía en el monte,
cercano a un bosque que de tanto en tanto pisaba.
Vayamos con la Bruja. Hay algo
importante que ha de saberse, y es que ella no sabía que era bruja,
y no lo supo hasta que rozó la adultez. Vivía en una casa un poco
alejada del pueblo, sí, pero no porque las brujas vivan lejos del
resto de los mortales, sino porque el trajín y el cotilleo
pueblerino le agobiaban un poco, y porque poder cultivar su propia
comida le entretenía y ahorraba dinero. (En épocas de crisis más
que nunca un huerto es una mina de oro).
Como buenos lectores os
preguntaréis cuándo, cómo y por qué descubrió su magia la
brujita. Fue en un día de invierno, en el que paseando por el pueblo
se encontró con un perro muerto de frío y de hambre. Lo miró a los
ojos y no pudo evitar sentir la necesidad de ayudarlo, así que lo
cogió en brazos y se lo llevó a su casa, un poco apartada de todo,
para darle de comer y prestarle unas mantas. De tanto tiempo
malviviendo el perro también se veía enfermo, así que lo llevó al
médico del pueblo con la esperanza de que éste pudiera ayudarles,
pero el médico la miró sobre sus gafas de media luna, entornó los
ojos y sugirió:
“Si no quieres que te diagnostique a
ti un transtorno mental saca a ése chucho de mi consulta
inmediatamente.”
La Brujita (bueno, entonces aún no) se
asustó y salió corriendo con el perro en brazos. Un poco alicaída
llegó a la conclusión de que debía ser ella quien le diagnosticase
la enfermedad a su nuevo amigo. Le tumbó en unas mantas al lado de
la chimenea y puso una silla justo en frente, se sentó y se quedó
observándole durante horas. Se conoce que el perro se sentía
incómodo con una jovencita mirándole todo el rato casi sin
parpadear, porque de repente abrió la boca y dijo:
“Lo que tengo ya se está curando. Se
cura con comida, calor y cariño, y tu, pequeña, me lo estás dando
todo en cantidades industriales.”
La Brujita (aunque aún no se había
dado cuenta) dejó caer los hombros y suspiró de alivio al saber que
su amigo estaba recuperándose. De pronto, se quedó quieta,
boquiabierta y pensando...
“¿Los perros hablan?”
El perro rió.
“¿No es evidente?”
“Pero..., nadie habla con los
perros...”
“Querida, los perros hablan. Son los
humanos los que no escuchan.”
Ahí lo tenéis, en ése momento la
Brujita supo que era Brujita, por algo tan simple como haber
aprendido a escuchar. Toda la noche hablaron el perro y la Brujita, y
él le hizo entender la importancia de la empatía, la compasión e
incluso de una sonrisa verdadera.
Ella le escuchaba y preguntaba.
Preguntaba mucho:
“¿Es también por la magia que
siempre me he sentido diferente?”
“¿La magia me servirá para ayudar a
los demás?”
“¿Puedo contárselo a alguien?”
“¡Cómo que no me creerán, no estoy
loca!”
…
El Lobo vivía en el monte, cerca de un
bosque al que iba más bien poco. No es que fuera antipático, es que
no tenía nunca ganas. En el bosque paseaba hasta encontrar a su
quizás único amigo, a su hermano del alma, el Búho, que le hablaba
de todo lo que conocía y observaba. No es una casualidad que siempre
se haya relacionado al búho con el saber, los búhos no sólo son
aves que vuelan y pueden verlo todo desde diferentes perspectivas,
los búhos son aves nocturnas y, como todo el mundo sabe, la noche
está hecha para los artistas y para los locos, y, como todo el mundo
sabe, nadie es más sabio que un artista o un loco.
Pues bien, el Búho observaba y
luego le contaba todo al Lobo. Muchos días, después de sus charlas,
el Lobo olvidaba cazar y se dedicaba a rumiar pensamientos en su
cueva. Le gustaba estar con el Búho porque era de los pocos momentos
en que se sentía feliz de verdad, aunque a la vez se sentía
pequeñito por todo lo que le quedaba por aprender. Puede sonar
estúpido, claro, un lobo puede acabar ferozmente con un búho y no
dejar ni las plumas, pero éste lobo raro sentía que su mente estaba
tan achicada al lado de la del búho que ni aunque quisiera (que no
quería) hubiera podido hacerle daño.
Así, los días pasaban, con la Brujita
aprendiendo a usar sus poderes sanadores para ayudar a su amigo el
perro y con el Lobo embebíendose de todo lo que le contaba el Búho.
Un día, la Brujita quiso ir a pasear
por el bosque, teniendo antes que cruzar por el monte. El paseo fue
directo, tranquilo, sin complicaciones. De regalo se llevaba algunas
setas y frutos rojos, para hacer una cena diferente y agradable.
A la vuelta del paseo, casi a la salida
del bosque, casi llegando al monte, la Brujita se cruzó con el Lobo.
Como podía hablar con los animales, o mejor dicho sabía
escucharlos, ya no le daban miedo, y por ello no huyó despavorida.
El Lobo la observaba curioso, extrañado
de que ésa jovencita rara no saliera corriendo, pues estaba seguro
de que le había visto. Torció el hocico y rechinó entre dientes:
“Éstos humanos están todos locos.”
La Brujita, como no podía ser de otra
manera, le oyó y se ofendió. ¡Llamarla humana a ella, que era
diferente, que era una Brujita, que era buena con todos los seres,
que sabía escuchar! ..., sintió que se enfadaba por primera vez en
mucho tiempo, y, sin poder controlar su lengua larga que siempre
decía lo que pensaba su colorida mente soltó:
“Si vamos a generalizar he de
decir que espero que el resto de lobos no sean tan lentos como tú,
si yo fuera un cazador ya estarías muerto.”
Nada más decirlo se arrepintió, había
sido un poco brusca.
El Lobo la miró atónito.
“¿Me escuchas?”
“Si.”
“¿Cómo?”
“Creo que con el corazón, pero estoy
empezando, no me hagas mucho caso.”
“Es imposible.”
“Obviamente no lo es, no digas
tonterías, pensaba que los lobos erais más listos.”
“Eres un poco grosera tu, ¿no?”
“Lo siento..., es sólo que me ha
molestado que me llames humana.”
“Es lo que eres.”
“No lo soy.”
“Lo eres.”
“No lo soy.”
“Bueno, pues eres una cabezota, que
para el caso es lo mismo.”
“Soy una Brujita.”
“¿Brujita?”
“Ya te lo he dicho, estoy empezando.”
El Lobo quiso reír, pero no le salió
más que una sonrisa.
La Brujita quiso irse, pero no le salió
más que un paso hacia el lobo.
“¿Qué llevas en la cesta?”
“¿Piensas comerte a mi abuela?”
“¿Perdona?”
“Como el de
Caperucita Roja, le preguntó por la cesta y acabó comiendose a su
abuela.”
“Definitivamente, los humanos estáis
locos.”
“Te he dicho que..., bueno, da igual.”
La Brujita se dió la vuelta indignada
y echó a andar hacia su casa.
El lobo quiso seguirla, pero no le
salió más que una mueca de tristeza, borrando su sonrisa anterior.
De nuevo, siguieron pasando días. Por
supuesto, el Lobo y la Brujita se volvieron a encontrar, aunque no
puedo deciros cómo ni dónde, porque hasta mi mente me guarda
algunos secretos cuando hablo de amores ajenos.
El hecho es que se encontraron, y
volvieron a hablar.
El hecho es que se volvieron a
encontrar, y hablando pasaron días cruzándose en los caminos y en las
vidas, hasta que hablar era innecesario para saber qué pensaba el
otro.
Ella le regalaba cartas interminables.
Él le regalaba libros que cogía a
hurtadillas de la tienda del rico del pueblo.
Ella se embebía de lo que el Lobo le contaba.
Él aprendía a sentir la magia que la Brujita le mostraba.
La Brujita se sentía feliz de poder
hablar con alguien más que con su amigo el perro, que además
llevaba días de viaje. Se sentía feliz de que su poder sirviera
para escuchar a un lobo tan interesante, que tenía para contar su
vida tanto como la de su amigo el Búho.
Una vez pasaron la tarde juntos, los
tres, el Búho, el Lobo y la Brujita, y pasearon y hablaron toda la
tarde, o más bien habló el Búho, pues cuando él hablaba sobraba
cualquier sonido ajeno a su voz.
A ella también le llenó ésa
sensación de felicidad que había sentido siempre el Lobo, además
de ésa otra sensación de pequeñez ante una mente tan brillante.
El Lobo se sentía feliz de haber
encontrado un alma tan parecida. No era como con su amigo el Búho,
que sí, se parecía a él pero daba la sensación de que le superaba
en la velocidad en que corrian sus pensamientos. La Brujita no, la
Brujita iba a su ritmo, y si no lo iba se adaptaba para caminar a su
lado o le observaba correr. Era una Brujita buena, porque cuando lo
veía acelerar para correr no le pedía que parase pero sí que
mirase por donde pisaba.
Se preocupaba, “instinto de madre” lo
llamaba ella. “Algo más”, lo llamaba él.
Podían pasar la tarde hablando, pero
en cuanto oscurecía la Brujita volvía a casa.
Nunca lo invitó a entrar.
Nunca el
Lobo se lo pidió.
En su interior la Brujita quería
conocer la cueva del Lobo, se moría de curiosidad.
Una vez tocó su lomo y pudo sentir
como bajo su bello pelaje había cicatrices grandes y feas.
Le dió miedo la sensación, le dió
miedo pensar en todo lo que había sufrido y seguramente seguía
sufriendo su querido amigo lobo. Le dió miedo sentir que quería
conocerlas, cada una de ésas cicatrices, y ayudarle a superarlas, a
no temerlas más.
Después de ésa vez ya no quiso nunca
más entrar a la cueva del Lobo.
Después de ésa vez algo cambió.
En secreto, cuando llegaba la noche, el
Lobo aveces se escondía bajo la ventana que daba a la cocina de la
Brujita para olisquear y saber qué iba a cenar.
No solía gustarle lo que preparaba
porque ella no comía otra cosa que plantas, y los lobos (ya se sabe)
son más de carne cruda, pero seguía llendo a olisquear.
Otras veces se metía en lo más
profundo de su cueva, repasaba cada palabra de las conversaciones con
la Brujita y se decía a si mismo que nunca volvería a salir de la
cueva y que nunca más volvería a ir a verla.
El día que ella le tocó el lomo fue
uno de esos días de cueva. Sintió miedo, terror, cuando se dió
cuenta al mirarla a los ojos que la Brujita había sentido sus
cicatrices. Sintió pánico de que ella pudiera llegar algún día a
conocerlas, o peor aún, a ahondarlas.
El día del lomo (o de las cicatrices)
fue un día triste.
Ambos tuvieron miedo a la vez por vez
primera en toda su historia. Éso los separó.
Unos días después ella decidió que
tenía que dejarle ir.
Unos días después él pensó en no
volver a salir de la cueva, ésta vez seriamente.
Quedaron, y hablaron, un poco más por
costumbre que por ganas.
Antes de anochecer ella miró a su
querido lobo, y entendió que nunca podría tenerlo como quisiera,
que no podría porque él era un Lobo y ella una Brujita, y,
reuniendo fuerzas de a saber dónde decidió soltarle todo como se lo
contaba en sus cartas, pero por primera vez mirándolo a los ojos,
aunque doliera.
“Siento que tenemos que dejar de ser.
Tenemos que dejar de sentir. Siento que te me escapas y que no puedo
hacer nada para evitarlo. Quiero ayudarte a curar tus cicatrices,
pero no puedo, ni mi magia funciona si tú no me dejas. Siento que
quiero más, cada día quiero y necesito más, no sólo mentalmente,
también físico. Siento que quiero abrazarte y no puedo, siento que
quiero cosas que no puedo pedirle a un Lobo, siento que por mucho que
quisieras dármelas no sabrías.
Pero me asusto a mi misma. Porque
también siento que quiero estar a tu lado siempre. Que si necesitas
esconderte unos días no me importa, que te esperaré preparando una
tarta de frutas para mí y un pastel de carne para ti. También
siento que podemos estar juntos siempre, que podemos funcionar.
Siento, a la vez, que no puedo tenerte como quisiera y que podría
acariciar tu pelaje el resto de mi vida.
Soy una Brujita, y hago magia, ya lo
sabes. Hablo con lobos como tu, hablo con perros, hablo con búhos.
Siento y entiendo cada cosa que me dices. Hago magia porque te hago
sonreír, y yo sé que no es algo fácil hacer sonreír a tus ojos.
Hago magia porque te doy ganas de salir de la cueva.
Pero también te doy miedo. Y tu miedo
te aleja, y la distancia mata mi magia.
No puedo sacrificar mi magia por tu
miedo, aunque quiera. No puedo volverme loca y ser un humano más. No
puedo pedirte que me perdones, ni que intentes comprenderme. No puedo
quedarme.”
Y entonces, la Brujita se levantó con
los últimos rayos de sol y se alejó hacia su casita, apartada del
pueblo y lejana a la cueva, donde siempre tendría cosas por hacer y
tiempo para pensar en su Lobo.
...
Lo sé, falta algo, falta lo que
pensaba el Lobo. Falta que aúlle y le diga que no se vaya. Falta
quizás un final feliz, o más trágico, o más final. Pero, hoy por
hoy no sé que pensaba el Lobo, o quizás no quiera saberlo. Hoy por
hoy no sé qué significa, no sé si es final, y no sé si la Brujita
se dió la vuelta para abrazar a su Lobo y no dejarlo ir nunca, o si
el Lobo le pidió que no se fuera, o si entre los dos encontraron
algún hechizo que los conviertiera a ambos en aves que de la mano
fueran a dar la vuelta al mundo.
Hoy por hoy, supongo, algo en mi mente
espera la respuesta del Lobo, su reacción a la primera carta
recitada a los ojos que le regaló su Brujita, la más corta, la más
dura, pero también la más sincera.
Dualismos, como siempre, que incluso en
mentes mágicas y animales se dan a pares.