jueves, 10 de abril de 2014

Cientotrentaisiete. (textos de fondo de disco duro)


A veces es como si el universo entero se diera la vuelta en nuestra cara y nos diera la espalda. De repente todo está mal. Igual no ha pasado nada del otro mundo, igual sí, pero todo acaba estando mal porque todo lo que estuvo mal antes vuelve a estarlo y el miedo a lo que pueda estar mal en el futuro te paraliza.

Es complicado. Es complicado intentar crear un mundo de la nada. Sólo el fénix resurge de sus cenizas...o no.
Es complicado (también) describir los sentimientos, por más fuerte que éstos latan en tu interior. Es...como un desierto después de la selva. Es la nada después del todo. Y es, sobre todo, recrearse en esa nada. Dijo un filósofo pre o post socrático, qué se yo, “de la nada, nada”. Pues eso, de la nada, nada. Y lo sabes. Sabes que hay que moverse. Sabes que hay que contar lo que te pasa para salir de ésa jaula con la puerta entreabierta en la que te encuentras. Suficientemente abierta como para empujar y abrir, pero no tanto como para ver que lo está desde cualquier ángulo de la jaula.

Encerrarse entre cuatro paredes o dejarse llevar por el desenfreno.

No puedes dejarte ir, porque éso es como rendirse. La vida hay que lucharla, incluso cuando no quedan fusiles. La vida hay que correrla, aunque sea descalzo.

Es normal necesitar a alguien al lado, al que contarle lo que pasa o al que simplemente mirar cómo hace cosas. Parece una tontería pero a veces sentir al compañero moverse nos demuestra de forma palpable que seguimos vivos. Pero para ello es necesario empujar un poquito con el pico la puerta de la jaula, lo justo y necesario para que el compañero entre y se siente enfrente. Lo justo y necesario para que el compañero nos mire a los ojos y nos sonría.

A veces una sonrisa cierra más heridas que cualquier cicatrizante.

A veces, hay que dejarse amar.






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