A veces es como si el universo entero se diera la vuelta en
nuestra cara y nos diera la espalda. De repente todo está mal. Igual no ha
pasado nada del otro mundo, igual sí, pero todo acaba estando mal porque todo
lo que estuvo mal antes vuelve a estarlo y el miedo a lo que pueda estar mal en
el futuro te paraliza.
Es complicado. Es complicado intentar crear un mundo de la
nada. Sólo el fénix resurge de sus cenizas...o no.
Es complicado (también) describir los sentimientos, por más
fuerte que éstos latan en tu interior. Es...como un desierto después de la
selva. Es la nada después del todo. Y es, sobre todo, recrearse en esa nada.
Dijo un filósofo pre o post socrático, qué se yo, “de la nada, nada”. Pues eso,
de la nada, nada. Y lo sabes. Sabes que hay que moverse. Sabes que hay que
contar lo que te pasa para salir de ésa jaula con la puerta entreabierta en la
que te encuentras. Suficientemente abierta como para empujar y abrir, pero no tanto
como para ver que lo está desde cualquier ángulo de la jaula.
Encerrarse entre cuatro paredes o dejarse llevar por el
desenfreno.
No puedes dejarte ir, porque éso es como rendirse. La vida
hay que lucharla, incluso cuando no quedan fusiles. La vida hay que correrla,
aunque sea descalzo.
Es normal necesitar a alguien al lado, al que contarle lo que
pasa o al que simplemente mirar cómo hace cosas. Parece una tontería pero a veces
sentir al compañero moverse nos demuestra de forma palpable que seguimos vivos.
Pero para ello es necesario empujar un poquito con el pico la puerta de la
jaula, lo justo y necesario para que el compañero entre y se siente enfrente.
Lo justo y necesario para que el compañero nos mire a los ojos y nos sonría.
A veces una sonrisa cierra más heridas que cualquier
cicatrizante.
A veces, hay que dejarse amar.
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