miércoles, 21 de septiembre de 2011

ochentaitres.

Y ahí estaba, la "chica de la camisa". Vestida con falda, o un vestido, en realidad no me acuerdo bien. Pero era ella. Y estaba justo ahí, justo en esa barra, en ese bar, de pie sobre aquella baldosa; y sobre ninguna otra.
Estaba (y no) con sus amigos.
Bebía de una copa, champán, cava...
Quise pensar que era champán, y sonreí al pensar en las fiestas de fin de año.
De tanto pensar y observarla, manteniendo una misma posición, sentí que se me atenazaban los músculos y cambié mi postura, apoyando el peso sobre un pie (el derecho) que sin mucha sorpresa encontraría dormido.
Me miré las manos y, tras echarle un trago, pasé de una a otra la botella de cerveza que (ya casi vacía) reposaba sobre la mesa que compartía con mis compañeros.
Era una de esas mesas de pie, que, aunque no me disgustan, no son de mis favoritas. Y, bueno, lo de los "compañeros", puestos a explicar..., se trataba de una "reunión" post-examen.
En la universidad se estudia mucho, pero se bebe más.

Al acabar la botella y tras sopesar mis posibilidades me despedí de mis acompañantes y, al ir hacia la salida del local y haciendo honor a la película "La vida es bella", rebusqué en mi llavero y solté una llave, la cual metí, con disimulo, en el abrigo de la chica de la camisa.
Y así, recordando ese grito que Guido lanzó al cielo para pedir la llave del corazón de su princesa, sonreí y rogué a que la casualidad surtiera efecto, otra vez, y que cualquier día de los que siguieran volviera a encontrarme con ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario