jueves, 24 de mayo de 2012
sesentainueve. (again)
Y según me acercaba a su cuerpo humeante de hormonas impacientes por acercarse a algo tan caliente como era mi alma en ese momento, mi corazón retomaba la velocidad que tuvo algún día en el útero de mi madre. Y latido tras latido atronaban mis oídos que no oían ya nada más que el recorrer de las gotas ,que intentando enfriar nuestros cuerpos no hacían más que facilitarnos las cosas.
Pegándonos cada vez más y besándonos cada vez menos,en la boca. Demasiado simple para hacerlo. Y cuando mis ojos sólo veían su carne, con la piel de gallina,..., cuando mis manos solo tocaban sus nervios chirriantes de placer, supe que ese sudor frío que recorría su espalda estaba apunto de alcanzarme, de recorrerme por milímetros y hacerme jurar que nunca antes fui tan feliz.
Poder acariciar cada lunar de su cuerpo, cada cabello de su cabeza, arañar su espalda cual fiera en celo, que, básicamente, fue lo que eramos, sabiendo que eran simplemente mío por un momento, mientras lo hacía tan libre. Libre de ataduras morales que nos dictaban cada día que eso que hacíamos no estaba bien.
Preocupante.
Pero volvía a dar igual cada noche cuando nos acercábamos paso a paso y nuestros labios se encontraban en un beso tan prohibido como esperado. Tierno. Carnaza para una sociedad ansiosa de morbo. Morbo como era cada uno de los movimientos, que casi al compás del reloj que nos marcaba el fin el fin de las caricias. Y entonces el calor rodeaba todo creando el ambiente perfecto para dejar al placer recién sentido salir poco a poco del cuerpo, y, tranquilamente, dormir como niños... ¡Já!...niños creciditos, ¿no?
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